JUAN Y PEDRO
Juan y Pedro se separaron antes de nacer Juan. Treinta años más tarde coincidieron los dos en la calle, pero no repararon el uno en el otro a pesar de compartir similares facciones e idéntico color de ojos. Ambos se detuvieron frente al mismo escaparate y después de entrar, y probarse varios modelos y tallas eligieron el mismo tipo de sombrero. Hablaban sin parar, cada uno con un dependiente distinto, como si no hubiese otro día. En el techo paseaba algún insecto, tan pequeño como un puntito móvil en el que solo ellos repararon, dotados de una parecida y excelente vista. Asomado a la billetera abierta, Pedro observó sorprendido que el otro repetía el gesto y levantó entonces la nariz, que estaba apuntando a un billete de cincuenta.
—Caballero, ¿le conozco?
—No —respondió Juan con voz neutra, y extrajo un billete de cincuenta con el pagó su compra.
En esto, Pedro reconoció, a pesar del tiempo transcurrido, a la mujer que entraba en la sombrerería y besaba al joven con quien acababa de hablar.
—Hola, mamá —saludó Juan—. Yo ya he terminado aquí. ¿Nos vamos?
—Yo también, hijo. ¡Qué caro está todo! Sí, regresemos a casa —y se marcharon.
«Hoy he aprendido dos cosas», pensó Pedro mientras salía al sol tocado con un nuevo sombrero: «Una: que si existe la menor probabilidad de que algo ocurra, puede ocurrir y dos: que aunque no es seguro que sea padre sin saberlo, voy a intentar olvidarlo».