Francisco C. Ayudarte Granados

Motril (Granada), 1958

Autor de más de treinta libros de poesía, cuento y edición literaria, y de la novela histórica El testimonio del silencio. Primer premio en el Concurso de Cuentos Gabriel Aresti de Bilbao (2026).

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El testimonio del silencio
Catalina de Motril, la esclava que guardó el secreto de una reina
Novela histórica · 2025

El «Gran Asunto» de Enrique VIII, su empeño en anular el matrimonio con Catalina de Aragón, contado desde quien nunca tuvo voz: la esclava motrileña que sirvió a la reina y guardó lo que vio.

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Todos los santos

Cuando mis padres iban "de muerto", al regreso del duelo les preguntaba si no habían sentido aprensión y espanto al estar junto a una persona que no era ya de este mundo, tan helada y yerta. Mi padre —con áspera y sencilla claridad— solía decirme entonces que a él le daban miedo los vivos y no los muertos. Recuerdo que era muy religioso, pero no guardaba aprecio alguno al cuerpo de los difuntos; no sé por qué tenía muy claro que sólo se trataba de un cascarón vacío. Por ese motivo dejó de pagar a "los muertos" y se desapuntó del seguro de toda la vida. Decidió que era tontería costear algo que de todas formas los deudos estábamos obligados a realizar: enterrarlo. Claro, no íbamos a dejarlo en la cama como una colcha. Lo cierto es que mi madre—seguramente con su silencioso acuerdo—mantuvo en vida unos ahorrillos con los que sufragar los sepelios de ambos.

Mis padres perduran —como suelen hacerlo los padres— en mi ADN y en mi memoria. Con eso y una docena de fotos, documentos varios y cartas manuscritas construyo el ritual con que a veces avivo el ascua encendida de los recuerdos. Escépticos o no, he comprobado que cada cual necesita, como los pulmones el aire, repetir o inventar el rito, ya sea colectivo o personal; porque simbolizar, celebrar con solemnidad los acontecimientos fundamentales de la vida forma parte intrínseca de la humanidad de todos.

Mientras yo miro fotos y leo cartas, algunas de mis vecinas —verdaderas sacerdotisas que ofician y salvaguardan los mitos— mantienen todo el año un cerillo rojo encendido sobre el poyo de la cocina en honor y memoria de todos los santos, o mariposas llameantes que sobrenadan un tazón de aceite y agua, en un rincón del salón, una por cada difunto y otra de añadidura por el alma más necesitada; ellas son las que lavan y adornan los nichos de los cementerios, donde descansa el polvo de los antepasados; ellas las que preparan la magia de las castañas, el anís y los boniatos tradicionales; ellas las que pasaban la noche fría de difuntos en el camposanto, desgranando las cuentas del rosario...

De niño, lo que más me gustaba la noche de todos los santos radicaba en jugar con ese miedo atávico que mi padre no tenía a los muertos. Apagaba las luces, soplaba con precaución en el plato de aceite y vislumbraba —temblando y con la piel de gallina— cómo las mariposas proyectaban sombras fantásticas, inquietantes, caprichosas y agitadas sobre las paredes y el techo del comedor. Verdaderos fantasmas de nosotros mismos.

Comentarios

  1. Está muy bien y me hacer pensar en la diferencia entre culturas.
    Lo de Halloween, por ejemplo, no acaba de convencerme. Pero en fin, no deja de ser un "Jueguecito"
    Angela

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