Todos los santos
Mis padres perduran —como suelen hacerlo los padres— en mi ADN y en mi memoria. Con eso y una docena de fotos, documentos varios y cartas manuscritas construyo el ritual con que a veces avivo el ascua encendida de los recuerdos. Escépticos o no, he comprobado que cada cual necesita, como los pulmones el aire, repetir o inventar el rito, ya sea colectivo o personal; porque simbolizar, celebrar con solemnidad los acontecimientos fundamentales de la vida forma parte intrínseca de la humanidad de todos.
Mientras yo miro fotos y leo cartas, algunas de mis vecinas —verdaderas sacerdotisas que ofician y salvaguardan los mitos— mantienen todo el año un cerillo rojo encendido sobre el poyo de la cocina en honor y memoria de todos los santos, o mariposas llameantes que sobrenadan un tazón de aceite y agua, en un rincón del salón, una por cada difunto y otra de añadidura por el alma más necesitada; ellas son las que lavan y adornan los nichos de los cementerios, donde descansa el polvo de los antepasados; ellas las que preparan la magia de las castañas, el anís y los boniatos tradicionales; ellas las que pasaban la noche fría de difuntos en el camposanto, desgranando las cuentas del rosario...
De niño, lo que más me gustaba la noche de todos los santos radicaba en jugar con ese miedo atávico que mi padre no tenía a los muertos. Apagaba las luces, soplaba con precaución en el plato de aceite y vislumbraba —temblando y con la piel de gallina— cómo las mariposas proyectaban sombras fantásticas, inquietantes, caprichosas y agitadas sobre las paredes y el techo del comedor. Verdaderos fantasmas de nosotros mismos.







Fantástico, como siempre.
ResponderEliminarEstá muy bien y me hacer pensar en la diferencia entre culturas.
ResponderEliminarLo de Halloween, por ejemplo, no acaba de convencerme. Pero en fin, no deja de ser un "Jueguecito"
Angela