Desde la negrura
El hombre llega a la altura de la farola y siente que la luz baña su cara y su pelo gris. Entonces se detiene y gira hasta enfrentar el edificio ruinoso cuyo volumen presiente y percibe con sus otros sentidos. Los ojos, muy abiertos y extrañamente blancos, giran sobre sí mismos y se mueven sin control como los de quien duerme y sueña con los párpados cerrados. Recuerda los colores que alguna vez vio de niño, a su madre —sola— toser, recoger leña y calentar agua antes de servir la sopa de ajo diaria a su seis hermanos; las letras, que alguna vez supo leer; atrae a su memoria las manos, sus manos, la sorprendente habilidad con la que tallaba animales o los dibujaba; rememora sus pinturas sobre papel de estraza, con colores extraídos por él mismo de plantas e insectos, y realizadas en los ratos perdidos que le dejaba su oficio prematuro de pastor de cabras.
El día fatídico —con apenas diez años— que copió el quijote de un billete de peseta, empezó a cambiar su vida. Se le ocurrió que ya estaba harto de ver a su madre enferma y a sus hermanos con el sufrimiento del hambre marcado en sus cuerpos; robó un pliego de papel, de textura parecida al papel moneda, en la única tienda de ultramarinos en muchos quilómetros a la redonda; fabricó una plancha de madera con su pericia, su navaja y una gruesa rama de olivo que halló olvidada en un barranco (seguramente desprendida de la carga de una acémila), y se dedicó a comprar pan todos los días y carne una vez en semana.
No tardó en levantar sospechas y alguien advirtió a las autoridades. Lo detuvieron en una cañada, mientras trashumaba con las cabras, y le condujeron a un diminuto calabozo, situado en aquel edificio a las afueras del pueblo. Pensaron que el dinero tenía que venir de los que se escondían en el monte, huidos tras la guerra y, sin reparar en su edad ni avisar a su madre, estuvieron varios días con sus noches propinándole palizas para que confesara la procedencia de aquellos billetes de peseta. Roto su pequeño cuerpo y quebrada su voluntad, por fin confesó y le dejaron libre y ciego.
Ahora, esta noche, frente al edificio arruinado junta a la farola, se pregunta si todavía se podrá leer en la fachada aquello de "Todo por la patria".







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