LA VENTANA
Pero lo que más fascinaba a Isabella no eran los atardeceres, sino la luz mágica en la pared de su habitación que se colaba al amanecer por el hueco de la ventana mal ajustada. En el techo, la filtración de luz creaba una pintura espontánea de colores amarillentos y formas caprichosas. Aquella pintura se convirtió en el portal hacia un mundo de ensueño y fantasía para la pequeña.
Cada amanecer, Isabella se despertaba en su camita cubierta con sábanas marinas y observaba detenidamente la mancha de luz. En su imaginación, veía ciudades flotantes entre las nubes doradas, criaturas mágicas que bailaban en el cielo estrellado y jardines exuberantes llenos de flores luminosas.
Cuando el verano avanzaba, los días se volvían más calurosos y sofocantes. Pero Isabella no se desanimaba, pues tenía la compañía de su pintura de colores. Sus padres, al verla absorta en su mundo imaginario, sonreían y la dejaban disfrutar de aquel mágico espectáculo.
Pero un día, mientras Isabella estaba en la playa construyendo castillos de arena y recolectando conchas brillantes, llegó a su habitación un extraño visitante: un carpintero llamado Gabriel. El hombre tenía un destornillador, bisagras y tornillos junto a una hoja de madera nueva para la ventana.
Sin percatarse de la importancia de aquel tesoro para la niña, Gabriel ajustó perfectamente la ventana en su marco, eliminando toda posibilidad de que la luz del amanecer se colara en la habitación, mostrando los colores y formas que habían cautivado a Isabella. El corazón de la niña se llenó de tristeza y desesperación.
Sin poder contener las lágrimas, Isabella se arrojó en su cama y lloró amargamente. Sentía como si le hubieran robado un pedazo de su ser, como si el verano hubiera perdido su brillo y su magia.
Y desde luego, a partir de entonces, ningún verano ha vuelto a ser tan hermoso como antes.







