El porvenir se marcha con las manos cerradas. Suponemos su fluir constante hacia la muerte propia y ajena, al mediodía, dejando atrás lo que amamos y desamamos.
Mas no hunde un gesto en la arena, no regala un incendio, una palabra; desconocemos si es inútil pelearnos con la luz, desvanecernos en los sonidos presentes, llegar desarmados, sin escudos, por si alguien nos abraza, o no llegar.
El porvenir resurge de la memoria su esencia sin solidez, su estructura sin componentes internos, sus diminutos e inquietantes fragmentos sin sustancia, que persisten, mientras lo demás, inerte, se disipa en polvo.
No tengo nada que decir al porvenir, pues él vendrá con todo su futuro y cuando llegue, no estaré.
Morimos y vivimos siempre hoy, nunca mañana.