Antes y después de Séneca, la serenidad del alma ha sido tema habitual de la literatura clásica, griega (Demócrito, Hiparco...) y romana (Plutarco, por ejemplo).
En su obra De la tranquilidad del alma, escrita entre el 47 al 63 d.C. (Tratados Morales, Espasa Calpe, 2005), Séneca refiere la historia de un tal Julio Cano, que, «después de haber tenido largos altercados con Calígula», este le condenó al suplicio. Diez días de encierro transcurrieron antes de que se cumpliera la condena, según el filósofo cordobés, que narra lo siguiente:
«Estaba jugando al ajedrez cuando el alguacil que traía la lista de muchos condenados a muerte, mandó que también le sacaran a él. Después de haber sido llamado, contó los tantos y dijo a su compañero de juego: "advierte que después de mi muerte no has de mentir, diciendo que me ganaste". Entonces, con una señal, llamó al centurión y le dijo: "serás testigo de que le gano un tanto". ¿Piensas tú que Cano jugaba en aquel tablero? Con el juego burló al tirano».
¿Qué puede significar esta historia y el corolario último de Séneca?
Probablemente, que la victoria en aquel incipiente ajedrez (latrunculi, en latín), juego que a todas luces simbolizaba, igual que hoy, la propia existencia, depende exclusivamente de las facultades del alma del jugador (memoria, inteligencia y voluntad, que dirá siglos después Tomás de Aquino), en tanto que la muerte física representa una fatalidad inevitable, ajena a nuestras capacidades y facultades anímicas, que ningún ser humano, ni siquiera un emperador, es capaz de evitar. De ahí la ejemplar tranquilidad de ánimo de nuestro personaje y su auténtica victoria en humanidad. 0-1 para Julio Cano. Negras juegan y ganan.
El filósofo concluye con admiración:
«Ves aquí la tranquilidad en medio de las tormentas y ves un ánimo digno de la eternidad [...]. No ha existido nadie que filosofase más tiempo que tú. Por eso la memoria de este gran varón no se borrará rápidamente y su nombre se pronunciará no sin respeto. En todo tiempo, oh clarísima cabeza, haremos que todos te recuerden, parte importante de las matanzas de Calígula.»