Francisco C. Ayudarte Granados

Motril (Granada), 1958

Autor de más de treinta libros de poesía, cuento y edición literaria, y de la novela histórica El testimonio del silencio. Primer premio en el Concurso de Cuentos Gabriel Aresti de Bilbao (2026).

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El testimonio del silencio
Catalina de Motril, la esclava que guardó el secreto de una reina
Novela histórica · 2025

El «Gran Asunto» de Enrique VIII, su empeño en anular el matrimonio con Catalina de Aragón, contado desde quien nunca tuvo voz: la esclava motrileña que sirvió a la reina y guardó lo que vio.

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POR DONDE EL BOSQUE DE ROBLES

Después del trabajo en la oficina, almorcé solo en casa. Mi amigo Raúl C., con quien compartía largas conversaciones y caminatas por el campo, me invitó a tomar un café. Cuando nos sentamos, separados por una pequeña mesa redonda, eran las cinco de la tarde y apenas había nadie en la terraza del local, de modo que disponíamos de toda la plaza para nosotros.


Charlamos de diversos temas y como los dos éramos aficionados a cierto género de literatura, la conversación derivó naturalmente hacia los cuentos fantásticos. Yo expresé, dejándome llevar por un entusiasmo algo pueril, mi frustración porque las irrupciones de lo inexplicable y lo misterioso no se produjesen en el mundo real.

Raúl dijo:

«Eso pensaba yo, pero ahora no».

Aquella respuesta me sorprendió. Raúl y yo éramos amigos desde hacía años y no recordaba que jamás hubiera manifestado una opinión semejante. Sin embargo, su rostro serio me obligó a preguntarle qué había querido decir.

Dudó, como si se arrepintiera, pero después dijo:

«Si fuese otro el que me acompañara, guardaría silencio porque se burlaría de mi, pero sé que tú no lo harías nunca: eres mi amigo y una persona de mente abierta.

»La historia ocurrió este verano. Desde enero sentí un impulso inexplicable de recorrer el Camino de Santiago y elegí, no sé por qué, la ruta primitiva, que me pareció más interesante.

»Como sabes, vivo de alquiler. Con un sueldo de auxiliar administrativo se pasa relativamente bien, siempre que permanezcas soltero y sin familia a tu cargo. Entonces estaba en un piso de la calle Cervantes, propiedad de una anciana viuda.

»La noche anterior a mi partida, tras hacer el equipaje, es decir, preparar la mochila y los complementos indispensables del peregrino, decidí irme a la cama, porque tenía que madrugar.

»En seguida se me cerraron los ojos.

»Estuve durmiendo más o menos una hora, sin soñar. Entonces me despertó un ruido dentro del cuarto y vi que entraba un hombre alto, de mediana edad, barba pelirroja y cabello largo. Me miraba con una expresión burlona en sus ojos azules Vestía una túnica blanca. Sorprendentemente, su aspecto extraordinario no me llamó nada la atención. Le pregunté qué quería. Me miró en silencio, como intentando leer mis pensamientos, y me respondió, con tono familiar:

»“Eres un incrédulo, lo sé. He venido para explicarte un modo de cambiar eso. Por donde el bosque de robles, junto a Grandas de Salime, te mostraré un lugar que oculta el tesoro que buscas en el interior de un cofrecito de hierro. Ahí encontrarás la respuesta a tus preguntas".

»“¿Y por qué me ofreces ese tesoro?”, pregunté.

»“Porque solo cuando tú lo obtengas, yo podré descansar”, me respondió.

»Dicho esto desapareció.

»A la mañana siguiente, cuando desperté, se me había olvidado completamente el sueño. Tomé el tren hasta Oviedo y comencé la ruta.  Las primeras cinco etapas, desde que salí antes del amanecer de la catedral de Oviedo hasta La Mesa, si bien no estuvieron exentas de dificultades, se vieron ampliamente compensadas por la belleza del paisaje, con hermosas galerías de bosques, y la atención de los hospitaleros en acogedores y cuidados albergues.

»Sin embargo, la sexta etapa entre la Mesa y Grandas de Salime me resultó muy dura y la subida final acabó con mi resistencia. La hospitalera estuvo muy pendiente y los peregrinos del albergue hicieron la cena mientras me duchaba e iba a la farmacia. Estaba tan cansado que cené y me dormí enseguida.

»Nada más bajar los párpados vi venir desde el fondo del dormitorio un hombre que reconocí al instante, al mismo tiempo que recordaba el sueño que había olvidado. El sujeto llevaba la misma túnica blanca y un gesto adusto en la cara. Me dijo: “Te he visto pasar junto al bosque de los robles. ¿Por qué no has entrado? Te ofrezco cambiar tu destino ¿y lo desprecias? Te aguardaré junto a la puerta de entrada del albergue y te conduciré hasta allí”. Luego desapareció, como había hecho la primera vez.

»Esta vez desperté aterrorizado.

»Sentía un miedo cerval a dormirme otra vez inadvertidamente. Sobre las seis empezó a clarear. Abrí una ventana sin hacer ruido y vi cómo la mañana despertaba poco a poco. La luz me tranquilizó hasta que descubrí con toda nitidez a mi aparición, esta vez en el mundo de los despiertos,  esperando junto a la puerta.

»Volví a llenarme de terror y decidí salir en compañía de otros peregrinos. Eso hice. Mis compañeros dejaron a un lado al fantasma sin mirarlo, como si no le vieran. A mí el espectro —en nada diferente a otro ser humano— me observó sin pestañear cuando pasé junto a él,  temblando y sin levantar la vista.

»Por suerte para mi lucidez y equilibrio mental, aquella fue la última vez que le vi y que soñé con él... El resto de las etapas hasta llegar a Santiago fueron extraordinarias. Una paz nunca sentida, transmitida por la naturaleza —fuentes, árboles, atmósfera— se apoderó de mí y la traje aquí conmigo. La llegada a la catedral y la visita a la tumba del Apóstol solo puedo describirla como una verdadera epifanía. Te aseguro que he vuelto siendo otro, querido amigo.

»Sin embargo, de vez en cuando revivo aquellos sueños y su recuerdo me inquieta. Un día me encontré por casualidad en el supermercado con E. C...

«¿E. C.?», pregunté, «¿Aquel extravagante aficionado a la magia y al esoterismo?».

«Él justamente. Le conté la historia y le participé mi inquietud. Me tranquilizó. Dijo que no creía que el fantasma volviera a aparecerse. Quizá se trataba de un espíritu que intentaba transferir sus dones. "Es probable —continuó— que el cofre contuviera un trisquel, un objeto sagrado similar a un broche que solo pueden portar los druidas". Después me dijo que deseaba hablar conmigo con más detenimiento. Precisamente, he quedado con él dentro de media hora».

En este punto Raúl se detuvo. Fue tanta la seguridad y la sencillez con que había hecho su relato que no me atreví a hacer el menor comentario. Además, tenía que llegar puntual a su cita. Nos despedirnos de forma apresurada.

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