Después
del trabajo en la oficina, almorcé solo en casa. Mi amigo Raúl C., con
quien compartía largas conversaciones y caminatas por el campo, me
invitó a tomar un café. Cuando nos sentamos, separados por una pequeña
mesa redonda, eran las cinco de la tarde y apenas había nadie en la
terraza del local, de modo que disponíamos de toda la plaza para
nosotros.
Charlamos
de diversos temas y como los dos éramos aficionados a cierto género de
literatura, la conversación derivó naturalmente hacia los cuentos
fantásticos. Yo expresé, dejándome llevar por un entusiasmo algo pueril,
mi frustración porque las irrupciones de lo inexplicable y lo
misterioso no se produjesen en el mundo real.
Raúl dijo:
«Eso pensaba yo, pero ahora no».
Aquella
respuesta me sorprendió. Raúl y yo éramos amigos desde hacía años y no
recordaba que jamás hubiera manifestado una opinión semejante. Sin
embargo, su rostro serio me obligó a preguntarle qué había querido
decir.
Dudó, como si se arrepintiera, pero después dijo:
«Si
fuese otro el que me acompañara, guardaría silencio porque se burlaría
de mi, pero sé que tú no lo harías nunca: eres mi amigo y una persona de
mente abierta.
»La
historia ocurrió este verano. Desde enero sentí un impulso inexplicable
de recorrer el Camino de Santiago y elegí, no sé por qué, la ruta
primitiva, que me pareció más interesante.
»Como
sabes, vivo de alquiler. Con un sueldo de auxiliar administrativo se
pasa relativamente bien, siempre que permanezcas soltero y sin familia a
tu cargo. Entonces estaba en un piso de la calle Cervantes,
propiedad de una anciana viuda.
»La
noche anterior a mi partida, tras hacer el equipaje, es decir,
preparar la mochila y los complementos indispensables del peregrino,
decidí irme a la cama, porque tenía que madrugar.
»En seguida se me cerraron los ojos.
»Estuve
durmiendo más o menos una hora, sin soñar. Entonces me despertó un
ruido dentro del cuarto y vi que entraba un hombre alto, de mediana
edad, barba pelirroja y cabello largo. Me miraba con una expresión
burlona en sus ojos azules Vestía una túnica blanca. Sorprendentemente,
su aspecto extraordinario no me llamó nada la atención. Le pregunté qué
quería. Me miró en silencio, como intentando leer mis pensamientos, y me
respondió, con tono familiar:
»“Eres
un incrédulo, lo sé. He venido para explicarte un modo de cambiar eso.
Por donde el bosque de robles, junto a Grandas de Salime, te mostraré un
lugar que oculta el tesoro que buscas en el interior de un cofrecito de
hierro. Ahí encontrarás la respuesta a tus preguntas".
»“¿Y por qué me ofreces ese tesoro?”, pregunté.
»“Porque solo cuando tú lo obtengas, yo podré descansar”, me respondió.
»Dicho esto desapareció.
»A
la mañana siguiente, cuando desperté, se me había olvidado
completamente el sueño. Tomé el tren hasta Oviedo y comencé la ruta. Las
primeras cinco etapas, desde que salí antes del amanecer de la catedral
de Oviedo hasta La Mesa, si bien no estuvieron exentas de
dificultades, se vieron ampliamente compensadas por la belleza del
paisaje, con hermosas galerías de bosques, y la atención de los
hospitaleros en acogedores y cuidados albergues.
»Sin
embargo, la sexta etapa entre la Mesa y Grandas de Salime me resultó
muy dura y la subida final acabó con mi resistencia. La hospitalera
estuvo muy pendiente y los peregrinos del albergue hicieron la cena
mientras me duchaba e iba a la farmacia. Estaba tan cansado que cené y
me dormí enseguida.
»Nada
más bajar los párpados vi venir desde el fondo del dormitorio
un hombre que reconocí al instante, al mismo tiempo que recordaba el
sueño que había olvidado. El sujeto llevaba la misma túnica blanca y un
gesto adusto en la cara. Me dijo: “Te he visto pasar junto al bosque de
los robles. ¿Por qué no has entrado? Te ofrezco cambiar tu destino ¿y lo
desprecias? Te aguardaré junto a la puerta de entrada del albergue y te
conduciré hasta allí”. Luego desapareció, como había hecho la primera
vez.
»Esta vez desperté aterrorizado.
»Sentía un miedo cerval a dormirme otra vez inadvertidamente. Sobre las seis empezó a
clarear. Abrí una ventana sin hacer ruido y vi cómo la mañana despertaba poco a poco. La luz me tranquilizó hasta que descubrí con toda nitidez a mi aparición, esta vez en el mundo de los despiertos, esperando junto a la puerta.
»Volví
a llenarme de terror y decidí salir en compañía de otros peregrinos.
Eso hice. Mis compañeros dejaron a un lado al fantasma sin mirarlo, como
si no le vieran. A mí el espectro —en nada diferente a otro ser humano— me observó sin pestañear cuando pasé junto a él, temblando y sin levantar la vista.
»Por suerte para mi lucidez y equilibrio mental, aquella
fue la última vez que le vi y que soñé con él... El resto de las etapas
hasta llegar a Santiago fueron extraordinarias. Una paz nunca sentida,
transmitida por la naturaleza —fuentes, árboles, atmósfera— se apoderó
de mí y la traje aquí conmigo. La llegada a la catedral y la visita a la
tumba del Apóstol solo puedo describirla como una verdadera epifanía.
Te aseguro que he vuelto siendo otro, querido amigo.
»Sin
embargo, de vez en cuando revivo aquellos sueños y su recuerdo me
inquieta. Un día me encontré por casualidad en el supermercado con E.
C...
«¿E. C.?», pregunté, «¿Aquel extravagante aficionado a la magia y al esoterismo?».
«Él
justamente. Le conté la historia y le participé mi inquietud. Me
tranquilizó. Dijo que no creía que el fantasma volviera a aparecerse.
Quizá se trataba de un espíritu que intentaba transferir sus dones. "Es
probable —continuó— que el cofre contuviera un trisquel, un objeto
sagrado similar a un broche que solo pueden portar los druidas". Después
me dijo que deseaba hablar conmigo con más detenimiento. Precisamente,
he quedado con él dentro de media hora».
En
este punto Raúl se detuvo. Fue tanta la seguridad y la sencillez con
que había hecho su relato que no me atreví a hacer el menor comentario.
Además, tenía que llegar puntual a su cita. Nos despedirnos de forma
apresurada.
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