Rebotado en un tramo de la calle, sometido al capricho del azar y a las leyes estrictas de la óptica, un rayo de sol tenue atravesaba el pequeño intersticio que los años habían practicado entre las jambas del balcón y dejaba pasar un haz brillante que arrojaba siluetas sobre el techo, como un teatro de chinescas sombras.
Libre al fin del gotero y las agujas, cuyo suero salino triplicaba el tamaño doliente de sus muslos, se incorporó del lecho muy despacio, aún convaleciente del golpe de calor, del dolor de cabeza y los mareos, de los monstruos horrendos que habitaban las vetas azarosas del armario.
Desenganchó las aldabillas de los postigos clausurados, caídos como párpados sobre los ojos de cristal de las ventanas, y los desbloqueó un instante, de par en par, porque la luz pasara. Se abotonó las rayas del pijama y avanzó decidido en zapatillas entrando en la coraza del estío.
Titubeante, anduvo por el suelo de sanguina y cruzó el pasillo, igual que un pistolero herido en un salón o el náufrago arrojado en una isla o el reo que por fin escapa al tedio puntiagudo de la cárcel.
La casa estaba silenciosa.
Afuera, en el país remoto del trabajo, el padre volteaba los rollos de las telas sobre el largo cristal del mostrador como ondas fruncidoras en un río; las comparaba entonces con el metro de rígida madera —juguete en ocasiones del niño equilibrista que sostenía en el empeine o vertical sobre la frente— y luego las cortaba a mano alzada, moviendo hacia adelante las tijeras, sin apenas desviarse algún milímetro.
Los hermanos —como él de vacaciones— se marcharon temprano hacia la playa en los renuentes autobuses rojos, pegasos renqueantes y sin alas, que olían a gasoil y a tórrida calima. El niño, golpeado por la ola gigante de la fiebre, puso proa hacia un puerto guarecido y fondeó en el muelle seguro del aseo.
Se encaminó después a la cocina. La madre, con mandil de superheroína que otorgaba poderes especiales y servidumbres misteriosas, hervía la blancura de la leche sobre una llama azul intensa, alimentada por la mecha inflamable de algodón, que ardía vivamente en un antiguo hornillo de petróleo.
El chico tomó asiento en la crujiente anea, junto a una mesa defendida por un tapete de hule que chillaba. La madre sacudió muy rápido el termómetro multiplicándolo en el aire, y lo ubicó enseguida debajo de la axila.
A los cinco minutos, la mujer constató que el sol no ardía ya bajo la piel tibia del chiquillo, que aún debía reponerse: Le sirvió manzanilla y leche en una taza grande que humeaba.
Finalizado el desayuno, abducida la madre por las tareas de la casa, el niño, en el salón de estar, tomaba un nuevo libro apoyado en la viga de madera que servía de biblioteca o rescataba el anterior, aún inacabado, del que asomaba un trozo de papel intercalado entre las páginas a modo de señalador, miga de pan para evitar perderse, y volvía a la habitación con su apreciado amigo de la mano.
Antes de acceder al balcón, descorrió los cerrojos que ajustaban las puertas a sus marcos y tiró de ellas hacia adentro.
Echada sobre la baranda, una verde persiana con lamas de madera, al mismo tiempo celosía, velaje y parasol, soslayaba el ardor y las miradas asomada a la calle, que era el mundo.
Inclinada hacia atrás sobre dos patas, el niño disponía la silla y se sentaba descansando el respaldo en los barrotes, desatento a las idas y venidas, a los gritos agudos y a los sordos rumores que agujereaban el éter o ascendían del empedrado.
Abría el libro como una planta extraña de pronto florecida entre los dedos, desatando los nudos del hastío, pilotando una alfombra voladora, montado en clavileños de papel.
Las historias le hacían flotar como un vilano, transportaban su corazón a campos asombrosos, le mostraban espumas ignoradas, colores y semblantes nunca vistos.
Sin envejecer nada, sumido en la imaginación, el niño maduraba.
Cada palabra se apilaba en los ojos como el cielo de agosto y cada línea dibujaba el camino previsto por la trama, sembrado de sorpresas y añagazas que el autor ocultaba a los lectores.
Encaramado al mástil del balcón, como un vigía que escudriña el mar, el niño convocaba la voz de las sirenas, las leyendas de cofres enterrados, el oscuro secreto de los mapas, la triste certidumbre de la ausencia cuando se cierran todas las novelas, el incurable amor por la lectura, la conjura del tiempo ineludible que sustituye al niño del relato, en el verso final de este poema, por un anciano que recuerda.
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