Una isla rodeada de sueño
Isla caliente rodeada de sueño,
plaza tendida al sol por la que un toro
bajó hasta el mar su agua entre las ramblas.
¡Cuánto poniente delimita el río,
tú que al norte, tú que a levante sueñas
con graves sierras y al sur con la sal!
¿Por qué en tu espalda tiembla una lombriz
oscura? ¿Cómo celebras al año
unos días de enloquecido viento?
Dime si la primavera despierta
con un alegre redoblar de cascos,
si aún hay nieblas húmedas que en verano
sobrevuelan la arena de tus playas.
¿Has visto la montaña de cemento
que se asienta en una alberca romana?
¿Y laberintos sinuosos de acequias?,
¿y almenas árabes cuyos fantasmas
silenciosos levitan sobre el Cerro?
¿Qué querrán las nebulosas mezquitas,
iglesias, muros, puertas indecisos
que se abrazan junto a la ciudad vieja?
¿de qué ocaso las torres litorales?,
¿de dónde estos moriscos que regresan
puntuales cada mil quinientos siete?;
¿por cuál balcón de la memoria asoman
epidemias y temblores de tierra,
la periódica erección de conventos?
¿Y por dónde, cubierta de azucenas,
aromada y blanca, tu suave playa
despide a marineros portugueses?
Adentro, se oyen pasos que caminan
por tus imaginarios pasadizos
y escucho, arriba, el rumor de carruajes.
Ahí llegan catalanes e italianos,
convocados por la miel de tus cañas,
a obtener suelo y elevar ingenios.
¡Cuánto amanecer de algodón y azúcar!
¡Cuánto sudor amargo el dulce ron!,
¡qué de chozas y casas solariegas!,
¡qué bullir de latifundios fabriles!,
¡qué resplandor de tristes jornaleros!,
¡qué verde el sol Camino de las Cañas!...
(En una bala rodó tu inocencia
-la primera que hieren en combate-,
ya por fin recobrada en tus palomas.)
¿No sientes en las noches ese tren
que no llega, los viejos edificios
tumbados a golpes por la piqueta?...
...Y también, hoy, ahora, como poblándote,
como un cielo completo,
el mar de tus obreros y estudiantes,
las promesas en alto,
la certeza reunida de los clubes,
la carne gris de los ordenadores...
Tú, perfumada de gentes sencillas,
rodeada de inquilinos que charlan,
de ocurrencias que apagan la tristeza,
que devoras el recuerdo de aquellos
hijos ilustres que te aman de oídas
como amara el Quijote a Dulcinea.
Motril, Motril ensimismada y tierna,
Motril de piel dura y corazón de agua.
Quién no conoce tu intrincado genio,
tu infrecuente y plural temperamento?,
¿quién conseguiría comprarte el cielo,
o tus raíces, tus colmillos blancos,
tus flores sosegadas,
esa luna que cuelga de tus brazos?
...¡Y quién lo sabe!,
¡Quién podría percibir tu misterio,
tus calladas violetas,
tus uñas rojas
bajo la luz desbordada del sueño!
Motril, 1995.







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