Bendito sea el constructor Willet (2/2)
Tras el cambio al horario de invierno, en muchas ciudades del mundo se reprodujo durante los primeros sesenta minutos la acostumbrada serie de acontecimientos, aparentemente incomprensibles, que viene repitiéndose desde hace décadas. Estos dos elementales ejemplos forman parte de la nutrida casuística:
— Un desconocido policía local de una ciudad del sur de España no sabe cómo explicar (ni le importa) por qué un robo se cometió a las 2.45 a.m. y sin embargo se detuvo a los ladronzuelos a las 2.15 a.m., exactamente treinta minutos antes del supuesto delito;
— la auxiliar administrativa del servicio de ginecología de un hospital francés ignora por qué el veintiséis de octubre de dos mil ocho se habían contabilizado en el hospital maternal, a las 2.50 a.m., menos nacimientos que a las 2.05 a.m. del mismo día. En la planta hospitalaria tampoco interesa el tema.
Según los hechos mencionados, las paradojas temporales existen, pero en realidad no es así (al menos en estos casos). Esta vez sólo se trata de paradojas gramaticales. Los incidentes contradictorios explicados más arriba acaecieron a las 2.05 a.m. y a las 2.15 a.m., del nuevo horario de invierno, pero en realidad sucedieron a las 3.05 a.m. y a las 3.15. a.m., respectivamente, del antiguo horario de verano.
Estas singularidades temporales son posibles gracias a que el prócer William Willet, constructor de mente preclara, inventó aquella estupenda idea de alargar las horas de sol una mañana que montaba a caballo, molesto por tener que acortar su jornada de golf vespertina.
Pero lo más maravilloso de todo es que aún no había desayunado cuando concibió la ocurrencia. Muchos a esa hora sólo sentimos una imperiosa necesidad de ir al servicio, pero no sabemos muy bien dónde está, ni estamos muy seguros de cómo nos llamamos. Después, ya sí.







Comentarios
Publicar un comentario