LA IGUANA
Gabriel movió su torre, y el sonido sutil de la madera contra madera se mezclaba con el recuerdo del aroma a café que solía acompañar sus partidas familiares. Mientras pensaba en su próximo movimiento, Julia observó una pequeña iguana, procedente de Dios sabe dónde, que trepaba por el exterior de la ventana del salón. La criatura, de un verde intenso, parecía observar el juego con curiosidad. En su mente, la imagen de la iguana se fundió con la cara de su abuelo, cuyos ojos siempre brillaban con un destello de astucia durante sus juegos de ajedrez.
Inspirada por estos recuerdos, Julia avanzó su reina, desafiante. Gabriel frunció el ceño, calculando las consecuencias del movimiento de Julia. En ese momento, los recuerdos de Julia se volvían más vivos: el crujido del suelo de madera bajo los pies de su abuelo, las tardes de estudio y risas, las estrategias discutidas y rediscutidas hasta que el sol se ponía.
La batalla continuaba, la iguana había desaparecido y cada jugada de Julia se hacía más audaz. Gabriel, por su parte, mantenía un juego defensivo, casi como si esperara que Julia cometiera un error. Pero Julia no estaba simplemente jugando al ajedrez, sino reconstruyendo los recuerdos de su infancia a través de los movimientos de las piezas en el tablero.
A medida que la partida llegaba a su clímax, el rostro de Julia reflejaba una mezcla de concentración y nostalgia. Cada movimiento era un tributo a su abuelo, cada sacrificio de pieza un eco de las lecciones aprendidas. Finalmente, con un movimiento suave pero firme, Julia anunció «jaque mate».
Gabriel se inclinó hacia atrás, impresionado y derrotado. Alrededor del salón, el público, curioso, comenzó a aplaudir.






