En lo más alto de una montaña se encontraba una roca inmensa, firme y segura en su lugar. La nube, sin embargo, era un ser cambiante, y se movía constantemente a impulsos del viento. La roca no sentía envidia de la libertad de la nube, y la nube no admiraba la fuerza y estabilidad de la roca.
Un día, la nube se posó sobre la roca y le preguntó: "¿No te aburres de estar siempre en el mismo lugar, sin moverte ni sentir la brisa en tu piel?" La roca, con su voz grave y pausada, respondió: "No tengo necesidad de moverme, ni de sentir la brisa, pues soy fuerte y eterna".
La nube, sorprendida por la seguridad de la roca, replicó: "Pero, ¿no te da curiosidad lo que hay más allá de este lugar? ¿No te preocupa el futuro?".
La roca, con calma, respondió: "Si fuese como una nube tendría un pensamiento caprichoso y liviano. Prefiero ser como una roca, firme en mi lugar, y meditar con seguridad y consistencia.