En una ciudad anónima, habitaba un hombre anciano y sabio que gozaba de una gran reputación por su capacidad para perdonar. No importaba el agravio ni la falta cometida, él siempre estaba dispuesto a perdonar y olvidar.
Un día, un joven desesperado acudió a él para pedirle consejo. "Maestro", le preguntó, "¿cómo se puede perdonar cuando uno se siente traicionado, humillado o herido?".
El anciano lo miró con sabiduría y respondió: Solo aquellos que han aceptado sus propias debilidades pueden entender y aceptar las debilidades de los demás".
El joven, conmovido por la verdad de sus palabras, aprendió la lección y, desde entonces, se esforzó por perdonarse a sí mismo antes de intentar perdonar a otros.