EL BUEN IRONISTA
El buen ironista requiere de una inteligencia despierta y de la habilidad de suscitar en los demás —como hacía Sócrates— el reconocimiento de la propia ignorancia para obligar a investigar y liberarse del saber ficticio, siguiendo el camino señalado por el ironista Kierkegaard.
Por el contrario, el mal ironista suele comportarse como un patán jactancioso que demuestra su torpor, su intolerancia o su insidia entre burlas y risas que nacen habitualmente de un complejo de inferioridad o de superioridad mal resuelto.
No obstante, la animadversión visceral del mal ironista se manifiesta como una manía pura o inocente porque no actúa realmente por maldad —la maldad para Platón no existe— sino empujado por la ignorancia.
En ese sentido, se ha acusado injustamente a Aristófanes de mal ironista por la caracterización que hace de Sócrates en su comedia Las nubes. Sin embargo, kierkegaard justifica conceptualmente la ironía de Aristófanes, a la que califica de idealmente pura y de tipo o carácter cómico. Nada que ver, por ejemplo, con las bromas de mal gusto de algunos humoristas contemporáneos —malos ironistas— a cuenta de la indefensión o la diversidad funcional de sus víctimas.







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