Francisco C. Ayudarte Granados

Motril (Granada), 1958

Autor de más de treinta libros de poesía, cuento y edición literaria, y de la novela histórica El testimonio del silencio. Primer premio en el Concurso de Cuentos Gabriel Aresti de Bilbao (2026).

Ver las obrasSobre el autor

Último libro

Portada de El testimonio del silencio

El testimonio del silencio
Catalina de Motril, la esclava que guardó el secreto de una reina
Novela histórica · 2025

El «Gran Asunto» de Enrique VIII, su empeño en anular el matrimonio con Catalina de Aragón, contado desde quien nunca tuvo voz: la esclava motrileña que sirvió a la reina y guardó lo que vio.

Comprar en Amazon

Próximamente: Memorias de agua. Crónicas de la Acequia Real (Colección Genil, Diputación de Granada, 2026).

Algunos libros

Las 34 obras, con dónde conseguirlas →

Premios recientes

  • 2026 Primer premio, 43.º Concurso de Cuentos Gabriel Aresti (Bilbao)
  • 2026 Primer premio, I Certamen Iberoamericano de Relato Breve «El Vínculo Atlántico» (Santander)
  • 2025 Primer premio, XIII Concurso Internacional de Relato Bruma Negra
  • 2025 Primer premio, Concurso Literario «Ciudad de Alfaro» (La Rioja)

Todos los premios →

Contacto · Cuaderno (archivo del blog)

DON SEBASTIÁN. IN MEMORIAM

Creo que fue en 1968 cuando conocí a Don Sebastián Morales Jiménez —Don Sebastián—, mi primer profesor de Lengua y Literatura en el Instituto Técnico de Enseñanza Media «Julio Rodríguez» de Motril (Granada).

Le recuerdo no solo por la circunstancia —extraordinaria para un niño de diez años— de que le colgara libremente una manga donde debía hallarse uno de los brazos, sino porque se trataba de un hombre singular —enjuto, moreno, de estatura mediana, bigote negro, fino y recto, gafas oscuras o ligeramente tintadas y alopecia indiscutible—,  dotado de un raro sentido del humor, cuya peculiar forma de enseñar dejó una huella imborrable en sus alumnos — frase hecha, tan desgastada por el uso que parece mentira aunque en esta ocasión es verdad—.

Con él, con Don Sebastián, leí en clase fragmentos del poemario La pipa de Kif (Valle Inclán, 1919) y de Alfanhuí (1950), extraordinaria y mágica novela de Rafael Sánchez Ferlosio que aún rememoro gratamente.

Acostumbraba a pasar lista apocopando los apellidos de los alumnos.  Bautizado de nuevo, yo di en llamarme «Ayu» sin que me importara poco ni mucho y los hermanos Espinosa, «Espi»: hecho que no llevaban nada bien.

Cometer algún error ortográfico en su presencia —ya fuera o fuese en aquella larga pizarra verde o en el cuaderno de cuadrícula pequeña—, desconocer el significado de una palabra, lo consideraba poco menos que pecado mortal y la penitencia consistía en buscar por orden alfabético el término desconocido en el «Despabilaburros», leerlo en voz alta y copiar fiel y repetidamente las acepciones.

Después de perpetrada tamaña falta de respeto contra el sagrado —limpio, fijo y esplendoroso— Diccionario de la Real Academia Española, nos miraba indefectiblemente con fijeza acusadora y al cabo de unos incontables segundos —el tiempo detenido— nos apremiaba con voz sonora: «¡Ayu» (o Espi o Rodri), «abre el Despabilaburros!».

Practicaba un método curioso de realizar los dictados que consistía en pronunciar diferenciadamente la doble ele (ll) y la ele (l) y las letras b y v, lo que facilitaba mucho la escritura correcta de los textos. 

Además, cada vez que articulaba la sílaba tónica de un vocablo —me parece verlo vestido impecablemente con traje bruno y corbata— saltaba desde la tarima hacia el techo y caía en cuclillas sobre las sílabas átonas, al mismo tiempo que se levantaban hacia el cielo raso la corbata y la manga, detenidas un momento en el aire, para azotarle finalmente en el ralo cuero cabelludo y en la frente.

Enfatizaba la importancia del uso de las tildes en las palabras esdrújulas y emparejaba oraciones de las cuales habían desaparecido, con el consiguiente equívoco y jolgorio por nuestra parte. Su oración favorita al respecto, que nos partía de risa mientras la pronunciábamos y omitíamos las tildes —aún circula en algunos manuales de ortografía—, era, si no recuerdo mal, la siguiente: «En tiempos de los barbaros, había unos pajaros que se comían a los apostoles debajo de los arboles»... (De niños, la inocencia nos hace reír por cualquier cosa).

Ayer un amigo —Santiago— me preguntó si conocí a Sebastián Morales Jiménez —Don Sebastián— y le he dicho que sí, que fue mi profesor mucho antes de que yo pensara en ser educador de otros, que contribuyó con humor y originalidad a despertar mi amor por la lectura y me enseñó a usar correcta y frecuentemente el Despabilaburros, a colocar los puntos sobre las íes y las tíldes sobre las tónicas correspondientes. 

In memoriam.

Comentarios

Entradas populares de este blog

«El testimonio del silencio: Catalina de Motril, la esclava que guardó el secreto de una reina» (9 de agosto de 2025) - Una novela de Francisco C. Ayudarte Granados

El caballo de siete colores (1848). Cuento de Juan de Ariza (Motril, 1816 - La Habana, 1876)

La princesa del bien podrá ser (1848). Cuento de Juan de Ariza