A FUEGO LENTO, CUECE EL SOL LA TARDE
A fuego lento, cuece el sol la tarde
y derrite el silencio en el asfalto.
Hierven los adoquines de basalto
y la modorra, en los balcones, arde.
Sobrado de valor y de aire falto,
de los cielos amado y amador,
vencido por un golpe de calor,
se desploma un polluelo de lo alto.
En la torre de un viejo campanario,
que los pájaros usan como nido
al llegar Primavera al vecindario,
de una grieta, el vencejo se ha caído.
Sobre el césped marchito y recostado,
en la hierba, la cría ha aterrizado;
no podrá sola remontar el vuelo,
porque está diseñada para el cielo.
El aviador, desesperado, chilla
y llegan los sonidos a un sintecho,
sin casa, sin salón y sin mesilla,
testigo involuntario de aquel hecho.
Él, que de niño con volar soñaba,
hace un hueco al volátil con las manos,
y recuerda los sueños que gozaba
en pasados y cálidos veranos.
Sube con él la hendida torre anciana
y deposita al ave, suavemente,
donde antes volteaba la campana,
por si quiere intentarlo nuevamente.






