EL CANTAR DEL PIB
«What is wrong with happiness?»
MICHAEL RUSTIN.
«He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. (...)»
JORGE LUIS BORGES.
Cuánta felicidad en el mercado.
En el PIB se registra y se calcula.
Que no te mientan los poetas viejos.
Todo se mide aquí y se tiene en cuenta:
la contaminación de las ciudades,
la amnistía fiscal y los anuncios,
el napalm, el tabaco y las alarmas,
las ambulancias que recogen cuerpos,
el importe de nuestras autopistas,
el coste de los presos en las cárceles,
la domotización de las viviendas,
la voraz destrucción de nuestros orbes,
los juguetes que venden a los niños.
Que los falsos profetas no te engañen.
A más riqueza, más felicidad.
La calidad de vida se incrementa,
la educación y la salud remontan.
Cuanto mayor el PIB, mejor el mundo;
crecen la diversión y los poemas,
la eficacia de nuestros diputados,
los clics y retuiteos en las redes.
El PIB eleva al cénit la cultura,
el pehache del agua embotellada,
el color y sabor de nuestras píldoras.
Acelera la pronta rapidez
del automóvil hacia alguna parte,
los cambios de pareja y de zapatos.
El PIB nos vuelve más altos y prósperos,
amplía el mejor saldo de las cuentas,
catapulta el valor de nuestros bienes,
multiplica los índices vitales
de bienestar y disminuye el pánico
al azar, a las crisis y a los crímenes.
El PIB lo mide todo y todo cambia
en percentil y barra de diagrama,
fracción de dólar y oro de quilates,
prima de riesgo o bono de basura.
Nuevo rey Midas, todo lo que toca
(el cielo, los océanos, el agua)
lo convierte en acción de bolsa y número.
El PIB está a la altura de los retos,
sentado en una silla sin moverse,
sin correr aturdido por la pista,
reflexionando libre de pasiones,
en el palacio azul de la aritmética,
donde mueren los sueños intestados.
El PIB lo pesa y mide todo, todo
excepto aquello que no tiene precio:
El placer pleno de habitar la casa,
el arte imperceptible de la espera,
el genio del amor que no se cansa,
el tiempo de cuidar a los que amamos,
el esfuerzo del hombre por saber,
la vocación de hacer bien el trabajo,
el gozo de ayudar a los vecinos,
el respeto por todos los fulanos
y menganos que pasan por la calle.
El PIB cuenta el dinero que gastamos,
más ignora el placer del tú y del yo,
el compromiso de aprender los nombres,
el gozo de sentirse irremplazables,
el porqué saben más dulces las fresas
en una boca amada que en la nuestra.
El PIB no entiende que la vida es arte,
que el arte de vivir no tiene término
que las incertidumbres son el hábitat
natural de la vida y el destino,
que la apuesta se siente inalcanzable
igual que el horizonte a cada paso.
El PIB desdeña el peso del anhelo,
los huellas decididas que dejamos
a pesar de lo incierto del camino.
Olvida que soñamos con volar
o que andamos por calles ignoradas
encendiendo el motor de nuestra búsqueda,
disparando de pronto a bocajarro
a ver si muerde el polvo lo imposible.
No sabe el PIB que somos emigrantes,
que avanzamos a tientas en la niebla
empuñando el pincel del hombre libre,
artistas ambulantes del ocaso.
El PIB lo mide todo. Todo excepto
aquello que no venden en el zoco,
aquello que no tiene precio y hace
que la vida no sea una etiqueta,
una palabra zombi, un logo yerto;
y que valga la pena ser vivida.
Motril, septiembre de 2018.