"1917": UNA GRAN PELÍCULA CON RITMO DE PARTIDA DE AJEDREZ
Para los aficionados a este juego-ciencia, el ajedrez no se parece en nada a una actividad lenta o aburrida, sino, todo lo contrario, a una trepidante película de acción, a una verdadera lucha ―a veces casi filósófica y siempre belicosamente pacífica―, de ideas y de voluntades, en contra del tiempo. Recuerdo haber sentido al visionar esta película la misma emoción intensa que experimentaba durante el desarrollo de algunas de las más espectaculares, hermosas e inolvidables partidas de ajedrez que he jugado cuando era joven.
Cuando comencé a practicar el arte de Caissa entendí muy pronto que los dos mayores rivales de una partida de ajedrez están fuera del tablero y son, de un lado, la fuerza de voluntad propia y, del otro, el tiempo materializado en el reloj de doble esfera con la bandera roja levantada por el minutero. Transmitir, es decir, materializar estas dos ideas en el filme demuestra palmariamente el talento artístico de los encargados de la dirección, la actuación, la ambientación, el sonido, la música, la fotografía y el montaje de esta inolvidable obra cinematográfica.
De los dos soldados ingleses ―los dos peones que representan entre las piezas el alma del ajedrez, según Phillidor— enviados a detener una maniobra táctica equivocada en una parte del tablero de batalla del frente occidental, en el fragor sin sentido de la Primera Guerra Mundial, cualquiera de ellos —o ambos— corre el riesgo de ser heroicamente sacrificado para evitar una sangrienta derrota.
Iniciada la obertura del film con el ritmo lento y sosegado de las aperturas cerradas de la teoría ajedrecista, mucho antes de llegar al medio juego la partida se abre de repente y, muy pronto, las piezas opuestas entran en contacto dramático con las propias, mientras el tiempo se acelera, se hace materia ominosa y tangible y la tenacidad de los protagonistas se pone a prueba una y otra vez y se magulla y resiente. Por último, tras una vertiginosa sucesión de acciones, en un apretado y desesperado final claramente contra el tiempo y la voluntad propia debilitada, la película llega a su destino circular y cerrado no por previsible menos emocionante.
Como reflexión de fondo, el horrible absurdo de la guerra que no puede volver a poner sobre el tablero las piezas sacrificadas porque el ajedrez es un juego y la vida, por el contrario, aunque a veces lo comprendamos tarde, como dijera el poeta, va en serio.







