En defensa propia
Todas las noches hasta esa noche habían transcurrido igual. De nada había servido que le ayudaran a cambiar de escondite en cada ocasión. Tom había llegado a sospechar incluso que aquella precaución formaba parte del mismo juego perverso. El hecho era que su enemigo aparecía de repente, oculto en la negrura, no por esperado menos inesperado, y le infligía sin venir a cuento una paliza de campeonato. Tom resistía los golpes con estoicismo, sin una queja y sin poder defenderse; golpes que le llegaban por todas partes y en todas las posturas: patadas voladoras, impactos de puño rápidos, rectos, en rotación, en la mandíbula, en horizontal, en las caderas, en el mentón, en la cara, con la mano delantera, con la trasera, con el trasero, con las caderas, con el hombro, ganchos oblicuos al hígado, ascendentes a los riñones, con los talones, con el pie, con las rodillas, en la cabeza, voleas que impactaban con los nudillos, combinando un-dos, un-dos, en las espinillas, patadas a los muslos, con las canillas, patadas altas, circulares, adelantadas, frontales, con la planta del pie, por debajo del pecho, en el abdomen... en fin todo un recital de tortas y porrazos que dejaban al pobre Tom con el cuerpo roto y el orgullo maltrecho.
Pero aquella noche, Tom, escondido bajo la cama, se había preparado convenientemente. De alguna manera, golpe tras golpe, había tomado nota de los movimientos defensivos que debía hacer y de las combinaciones de ataque necesarias para noquear a su enemigo. El punto débil de Tom eran sus extremidades débiles y blandas como si estuviesen rellenas de espuma, pero supo ingeniárselas esa mañana para empaparlas en yeso y endurecerlas como piedras.
Aquella noche, el atacante le descubrió como era habitual, le agarró de un brazo y le arrastró por las baldosas. Cuando se acercó para golpearlo, Tom mantuvo la guardia alta, frenó el impacto con una parada y con la otra mano lo derribó al suelo, pero el asaltante pudo levantarse. En seguida, Tom esquivó una patada y pudo agarrarle la pierna aplicando el recién aprendido abrazo del oso. Consiguió tumbarlo otra vez en el piso y allí empezó a vapulearlo con ganchos y directos hasta que el agresor comenzó a gimotear y a decir entre sollozos que se rendía. Tom, satisfecho, miró hacia el frente con los ojos redondos y negros y levantó la escayolada mano derecha en señal de victoria...
Justo entonces el niño se despertó. A Mihai le dolían las costillas. Recordó que se había caído de la bicicleta la tarde anterior al intentar saltar sobre un coche, impulsado por la velocidad de sus pies y el plano inclinado de una puerta que se rompió al rodar sobre ella. A continuación, se llevó la mano a la ceja dolorida debido al golpe propinado esa misma mañana por el pisapapeles de la maestra, pero que entonces sostenía Rita, una compañera de clase, harta de que cada vez que pronunciaban su nombre él agregara la coletilla de «la Cantaora». Cosas de la vida: no sabía estar callado un segundo ni quieto cinco minutos y todas las locuras que se le pasaban por la cabeza le parecían genialidades al principio. Por suerte, lo de Tom había sido un sueño, porque si no cómo podría tranquilizarse. En consecuencia, todavía se podía levantar de la cama, buscarle en silencio por toda la casa (menos en el dormitorio de sus padres, que estaban al tanto), encontrarle donde lo hubiesen escondido, zurrarle la badana y desahogar su rabia impunemente con él hasta el agotamiento, como ocurría siempre, desde hace mucho tiempo, cuando todo le salía mal. Después de todo, Tom era (seguía siendo) un oso de peluche y sabría encajar bien los golpes sin protestar.






