Taller de Escritura Guadalfeo: "Sonetos y arrullos de amor (poemario). La reina mora (relatario)" (Abril, 2012)
No es cierto que nadie lea los prefacios, como decía Pitigrilli en una frase tan citada que me da pereza repetir. Al menos sus autores acostumbran a leerlos y releerlos unas cuantas veces. Confieso que si decidí tomar una vela en este entierro es precisamente para evitarlo. Me refiero al entierro de los textos compilados aquí; llevaban embalsamados desde 2009 y me complace haber contribuido a evitar su corrupción. Los nuevos medios de producción editorial, que han abaratado los costes de autoedición y publicación, han sido determinantes para la aparición material de esta obra. Sus artífices compartieron un espacio creativo que se avinieron a llamar “Taller de Escritura Creativa Guadalfeo”, sólo porque se inició con ese nombre a finales de 1990 en el Centro de Educación Permanente de Motril (Granada), con la colaboración habitual del Ayuntamiento, y porque ha mantenido la misma filosofía y dinámica de los Talleres de Escritura Creativa que se conocieron en España en los años setenta. He tenido el privilegio de actuar como moderador y de participar en todas sus ediciones. Me gusta pensar que este libro en concreto representa de alguna manera a los que colaboramos en las actividades del taller entre 2008 y 2009 (y por extensión a los que en cualquier momento formamos parte de su existencia); también está dedicado expresamente al recuerdo de nuestro compañero Francisco Tarragona Gómez, que compartió su entusiasmo y su amor por la vida y la naturaleza.
De los talleres de escritura, sólo añadir que algún día concluiré un breve cuento en donde el coordinador de turno aparecerá misteriosamente asesinado (un deseo que espero no haber despertado y, menos aún, ver cumplido). Pero esa es la cuestión, porque un taller de escritura legítimo no es más que un obrador literario de discípulos de la escritura, la única y genuina maestra. El escritor se hace escribiendo, que es gerundio y, además, verdad.
En este libro hemos venido a coincidir dieciséis de los más de veinte cómplices con que contó este taller de escritura entre 2008 y 2009. Cada uno de su padre y de su madre; con orígenes, edades, experiencias y circunstancias diferentes, que el interés compartido por la escritura diluía y diluye por un tiempo.
Hablar de calidad a quienes pensamos que un texto literario existe y se justifica sólo si le importa a alguien, tiene sentido, pero es insuficiente. De lo que se trata aquí es de cómo contar de la mejor manera posible lo que ocurre y la única respuesta creíble es que debemos escribir como si el texto en cuestión fuese el último que creamos (y revisarlo después).
Lo que pasa, lo que nos pasa, lo que pasó, lo que pudo pasar. Emociones y argumentos conocidos, pero siempre contados por otras personas y en otros términos. ¿Qué tendrá la palabra que volvemos a ella como se vuelve a comer pan y a beber agua?
Esto contiene el presente volumen: vocablos y frases ordenados en forma de poemas y de narraciones originales.
Sonetos y arrullos de amor es el título del poemario. Ana Constán Moreno, Gertrudis Ruiz Trujillo, Susana Rubio Sabio, María Cruz Martín Toledo, Gonzalo Villa Ruiz, Manuel Escañuela Rodríguez, Emilia Rodríguez López y Manuel Rodríguez Noguerol, los nombres de los poetas. Al margen de lo que pueda contener y conocerse por un nombre, en este volumen el lector curioso sabrá de los creadores por lo que aquí escriben y extraerá sus propias conclusiones. Las mías, como lector amigo, serán menos objetivas. Voltaire anotó para la posteridad y para nosotros en sus Cartas filosóficas: no hay que empeñarse en decirle a alguien “los defectos de su amante, ni a un querellante la debilidad de su causa, ni razones a un iluminado”. Este es mi caso: amo estos textos. Otra vez revivo, cuando los releo, los arrullos de amor con que han sido compuestos y rememoro el trabajo y los cuidados que les ayudaron a crecer antes de hacerse mayores y marchar de casa. Avisaré al lector de que abundan los sonetos de la mejor calidad y en múltiples variantes, pero también otras formas estróficas, en verso medido o libre. Advierto de que su contenido puede perjudicar seriamente la insensibilidad y llegar a emocionarnos profundamente; encontraréis temas amorosos, filosóficos, sociales o simplemente humanos, redactados con estilos sencillos, adornados, cotidianos, trascendentes, dramáticos o humorísticos. Tampoco puedo ser neutral con La reina mora, el “relatario” que organiza la segunda parte o el segundo volumen de esta obra. Me siento involucrado en las historias que cuentan sus narradores y que tantas veces he descifrado. Estas creaciones cumplieron el acuerdo previo de que los relatos mantuviesen como espacio de sus tramas un viaje cuyo lugar de partida o de llegada fuese la ciudad de Motril. Todavía no puedo creer que se respetasen las reglas de juego. No es un hecho frecuente en estas experiencias, pero sólo así puede llegar a existir creativamente (es decir, a ser de verdad y no de mentira) un taller de escritura. Enhorabuena a sus integrantes.
Gracias a la variedad de artefactos narratorios que han maquinado los “talleristas”, he sido pájaro en la fábula sobre el amor, la naturaleza y el arte de Francisco Tarragona Gómez; converso, en el cuento de historia-ficción de María Adela Muñoz Lorenzo; lagarto rampante, en el estremecedor relato de María Cruz Martín Toledo; viajero intrépido, durante los periplos inventados por María Teresa Martín González; niño frágil y asustado, en la narración de María Jiménez Galeote; amante apasionado y tierno, en la aventura literaria de Emilio Fernández Gálvez; pasajero angustiado, en el trayecto que relata Susana Rubio Sabio; empresario que sueña un mundo mejor, en la utopía de Gonzalo Villa Ruiz; turista y viajero del mundo, con Ángela Magaña Castro; superviviente por azar, en la guerra que imagina Juan Manuel Martín Domínguez; ventanilla de un tren que observa cómo se mueve el mundo, en el dietario de Manuel Escañuela Rodríguez; joven enamorado, en el memorial romántico de Manuel Rodríguez Noguerol y confidente de Mari y Genoveva, en el cuento de Emilia Rodríguez López.
No diré mucho más. Al lector, si ha llegado hasta aquí, le animo cordialmente a que haga las maletas y emprenda el viaje que proponen estos poemas y relatos. No le defraudará.
FRANCISCO AYUDARTE GRANADOS






