La calle Curucho quedó en tiempos extramuros, fuera de la desaparecida muralla que rodeaba el Motril cristianizado de la Edad Moderna. Arranca perpendicular a la actual Cardenal Belluga y desemboca, cuesta arriba, en la calle Cartuja. Como ahora, en la década de los sesenta, la calle avanzaba unos cincuenta pasos hacia el número seis y, justo cuando parecía terminar, giraba y se estrechaba bruscamente a la izquierda y de nuevo a la derecha, antes de alcanzar, sinuosa y rampante, sesenta metros más lejos, la calle Cartuja.
En aquella fachada del portal número seis, entre 1965 y 1968, llegaron a existir otras dos entradas, una a cada lado: la de "Villamén", a la derecha, que estuvo allí desde el principio, y la de una heladería, a la izquierda, inaugurada más tarde y clausurada unos veranos después por falta de negocio, que hacía esquina donde se angostaba la calle. Para acceder al estanco de "Villamén", había que descender un alto escalón y de inmediato te encontrabas en un lugar pequeño y mal iluminado, ante un mostrador oscuro en forma de L, cubierto de tebeos, revistas de todo tipo y, especialmente, de novelas del oeste, mis favoritas, sobre todo las de Silver Kane y Keith Luger. Estas novelas eran editadas por la Editorial Bruguera en dos tamaños: las de doce o quince centímetros de largo y las minúsculas, de unos ocho o diez, similar al de las publicaciones de la Colección Pulga, de las que no hablaré ahora. Entre las dos, llegué a juntar unas cincuenta novelas, perdidas tal vez en la mudanza a la calle Calvo Sotelo, ahora Romero Civantos, a principios de los setenta. Los cromos los guardaba el estanquero lejos del mostrador y de las manos avariciosas de los coleccionistas infantiles. Recuerdo a "Villamén" como un hombre menudo y solitario, que escondía su rostro y sus pequeños ojos tras unas gafas de millones de dioptrías y la manía de sorber por la nariz cada cierto tiempo, como si padeciera un permanente resfriado. Todos los días llegaba, sin apenas sonreír, con su motocicleta y su perro canela, que murió de viejísimo, y aparcaba a los dos sobre la acera, frente a la puerta de su pequeño local y al lado del portón del "derribo". Este "derribo" formaba rincón con lo de "Villamén" y continuaba unos pasos más abajo hasta comunicar con el "Rin Bar". Consistía en un solar lleno de maleza y de ratas, cuyo interior yo divisaba si me encaramaba sobre el borde de ladrillo y cal de la terraza compartida de mi casa.
Tras doblar la esquina en donde estuvo la heladería, la Calle Curucho perdía su acera izquierda en dirección a la tienda de comestibles de Julio y al apero de la calle Federico Gallardo; luego, continuaba por la derecha, dejando a un lado la ruidosa carpintería con el suelo cubierto permanentemente de serrín y virutas, se cruzaba con la calle Arco Oliver y recuperaba por fin la acera izquierda en su ascenso progresivo y final a Cartuja.
Desde la ventana de la cocina, siempre que uno montara en la ancha encimera de albañilería, se podía divisar la tienda de Julio, frecuentada por los vecinos, y el trasiego forastero y estacional del apero, en donde los monderos y las acémilas reposaban y se restablecían del cansancio de cada jornada durante la temporá de la zafra. En primavera, el olor pesado y dulzón de la caña de azúcar impregnaba el aire de Motril.
Entre tanto, el Rin Bar se extendía desde la Plaza Canalejas, donde tenía su entrada, hasta la calle Curucho. Antes de 1968, antes de cumplir diez años y de que llegara la televisión a casa, a veces vi allí algún partido de fútbol, con el establecimiento abarrotado de hombres y en compañía de mi padre y mi hermano. Cuando llegaba el buen tiempo, tras un breve paréntesis de vientos broncos y algunas tormentas de otoño, el Rin Bar sacaba afuera las sillas y las mesas y entonces aquel niño contemplaba admirado, desde el balcón del segundo piso, el equilibrio con las bandejas y la parsimonia con los pedidos de los camareros que servían las mesas a algunos parroquianos bajo el ritmo tranquilo y soleado de la tarde.