
En los años sesenta y setenta mi padre estuvo empleado en «Tejidos P...», en la calle Emilio Moré de Motril, justo donde ahora se abre una cruasantería, entre Catalanes y la Plaza Las Palmeras (ahora Gaspar Esteva). Trabajaba muchas horas allí, incluidos algunos sábados por la tarde y más de un día festivo, en los que también hacía de escaparatista, tarea de cuyos resultados se mostraba muy satisfecho y de la que gozaba de cierto renombre en el gremio. De pequeño me gustaba acompañarle y jugaba a ser su ayudante. Con las persianas bajadas dentro del escaparate, ataviado con una camiseta sin mangas, pantalón de faena y calcetines negros, los pantalones, la camisa, la chaqueta y la corbata perfectamente colocados o doblados en una silla, y los zapatos en el suelo, mi padre clavaba alfileres aquí y allá, sujetaba con hilo de pescar las telas y las hacía volar en ondas multicolores. De alguna manera, sabía animar las prendas inertes e imprimir a los vestidos, bañadores o paraguas un dinamismo inexistente pero necesario para excitar el ojo y la imaginación de los futuros clientes. Vestía a los maniquís con sobriedad y cierto gusto e intentaba presentarlos en posturas naturales y sencillas. Sólo se permitía el exceso en la confección de etiquetas, que elaboraba artesanalmente con el cartón en donde se prenden y ahorman las camisas. Etiquetaba los artículos y los precios con artísticas letras y números de color rojo y azul, escritos con gruesos rotuladores que desprendían un olor tan penetrante que mareaba. Yo le asistía en esa tarea caligráfica e imaginativa y además le alcanzaba el martillo o reponía los alfileres, que él clavaba en el alfiletero sujeto al brazo con un elástico, con la misma gravedad y ceremonia que el enfermero hubiera pasado el bisturí o el escalpelo al cirujano.
Cuando salíamos por fin los dos, orgullosos del deber cumplido, mi padre me daba una perra gorda, grisácea y ligera, con la que compraba, a céntimo la unidad, diez minúsculos caramelos de nata, en forma de hexaedro, envueltos en papel crema. Todavía recuerdo a la mujer del carrito rodante de golosinas, de guardia permanente en la esquina con Catalanes, que dejaba caer en mis codiciosas manos, al mismo tiempo envoltorio y recipiente, los preciados y dulces tesoros.