Francisco C. Ayudarte Granados

Motril (Granada), 1958

Autor de más de treinta libros de poesía, cuento y edición literaria, y de la novela histórica El testimonio del silencio. Primer premio en el Concurso de Cuentos Gabriel Aresti de Bilbao (2026).

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El testimonio del silencio
Catalina de Motril, la esclava que guardó el secreto de una reina
Novela histórica · 2025

El «Gran Asunto» de Enrique VIII, su empeño en anular el matrimonio con Catalina de Aragón, contado desde quien nunca tuvo voz: la esclava motrileña que sirvió a la reina y guardó lo que vio.

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EL LENGUAJE DE LOS PÁJAROS

EL LENGUAJE DE LOS PÁJAROS

 

De niño, una vez imaginé un cartel que anunciaba «SE VENDE», colgado en el escaparate de una tienda. Alguien quiso comprar la tienda, pero lo que se vendía en realidad era el cartel. Mi verdadera decepción (mayor que la del supuesto comprador de mi inocente fantasía) sobrevino años después, en el instituto, cuando volví a leer esa tontería pueril, redactada como si fuera una idea brillante (en lugar de una estafa a la inteligencia) por un filósofo de nombre impronunciable[1]. Que un adulto perdiese el tiempo en niñerías de ese calibre me hizo abominar de las especulaciones sin base y me atuve desde ese momento a los hechos e indicios razonables. Soy policía. Algunas tardes me detengo, como ahora, junto a la estaca, clavada de nuevo en este trozo inculto de vega, cercano al puerto, y pienso en el significado de esta señal incomprensible para todos.

El hombre responsable de su existencia levantó mis sospechas, cada vez mayores, a lo largo de varios meses. Muy moreno, bajito, mal barbado y peor vestido, enemigo del aseo, nuestros destinos se cruzaban todas las mañanas de mis días libres. Algo en su comportamiento no era normal: parecía estar siempre allí, vigilante, con sus ojillos de ratón escudriñando los alrededores, de espaldas al sendero que accedía a este trozo de tierra cubierto de maleza, en donde de cuando en cuando se adentraba y permanecía durante un buen rato. Aunque parecía ocultar algo dentro de aquel pedazo silvestre de vega, solo decidí investigar el día en que discutió violentamente con unos hombres que acababan de sembrar e inundar el terreno colindante. Conseguí entonces la autorización pertinente sin contratiempos, gracias a mi impecable hoja de servicios y a que la jueza que se encargó de la instrucción previa era hermana de mi mujer. Lo que encontramos mis compañeros y yo aquel amanecer neblinoso no me dejó lugar a dudas. Sobre el lomo apenas perceptible de un antiguo caballón deshecho, se levantaba una gruesa estaca de unos setenta y cinco centímetros de alto. Era la señal con la que el sospechoso marcaba el lugar en donde tenía enterrado su secreto. Al cabo de unos días regresamos con una máquina excavadora, pero por más que profundizamos solo encontramos tierra debajo de la tierra.

Aun así, no me he dado por vencido. Después del fiasco, celebrado ya en todas las comisarías de la provincia, he venido una y otra vez aquí, solo y solo por saber, intentando penetrar el misterio. Hoy lo he conocido, pero nunca lo revelaré a nadie. He escuchado cantar al ruiseñor sobre la estaca y entonces he recordado a Kierkegaard y he vuelto a ver en mi imaginación aquel estúpido cartel colgado en el escaparate de una tienda.

El sospechoso se trata, al parecer, de un pobre tipo aficionado al trino de las aves y la estaca… la estaca es simplemente eso, una estaca: un palo en donde vienen a posarse y a cantar los pájaros. 

 __________

 [1] (*) «Lo que dicen los filósofos sobre la realidad es a menudo tan decepcionante como un cartel colocado en el escaparate de una tienda en la que se dice: Aquí se plancha ropa. Si llevas tu ropa para planchar, te llevarás un chasco, porque el cartel está a la venta». Kierkegaard.

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