La teoría de cuerdas o el universo elegante
El matrimonio había celebrado tal vez sus bodas de oro. Sentados en los refinados asientos de aquella heladería exclusiva en París, él solicitó la especialidad de la casa, que tanto les gustaba. Ella pareció sorprenderse, y con un ligero mohín rectificó el pedido para no cambiar de manera alocada aquella tradición familiar.
—En Niza, probamos por primera vez este maravilloso postre —comentó ella con una sonrisa medida, exhibiendo su perfecta dentadura postiza.
—Querida, nunca hemos estado en Niza.
Ella no respondió, sin saber bien qué pensar. Al cabo de un minuto, él volvió a hablar con el mismo tono que pudo decir: Oh, he dejado el lápiz labial de manteca de cacao en la habitación del hotel.
—Mi ex esposa murió la semana pasada.
La mujer volvió a sonreír sin sonrisa, como le habían enseñado en el Instituto de Damas Alemanas.
—No sabía que tenías una ex esposa.
—Pues claro que sí.
La camarera, uniformada de impoluto verde y acento hispano, dejó sobre la mesa de mármol los helados de vainilla, con pan de oro comestible de veintitrés quilates.
—¿Iremos a Zurich para el cumpleaños de Charles?
—¿Quién es Charles?
—Nuestro hijo mayor.
—Pero si tú y yo no tenemos hijos...
Una ocasión más (y esta era la cuarta o quinta experiencia aquella semana), se miraron como si se viesen por primera vez. Sin duda aparentaban ser los mismos de siempre (igual voz y figura), pero uno de los dos (quizá ambos) había cambiado de identidad y recuerdos. El hombre pensó, sin embargo, que ya era suficiente por hoy con aguantar el dolor de labios agrietados por el frío y la mala pata de haber olvidado el lápiz de cacao en el hotel; por su parte, ella, instruida en los mejores colegios de Europa, había educado sus emociones hasta el extremo de no demostrarlas y no iba a envilecerse replicando o exigiendo explicaciones. Y aunque sospecharon que a pesar del tiempo vivido juntos, uno de los dos (tal vez ambos) había decidido recordar por separado, o que ellos en realidad eran ciertamente otros (un par de extraños que simulaban conocerse), fingieron no saberlo para que así el universo continuara pareciendo elegante.







