Subiendo la mañana
el viento gris que dobla las esquinas,
los fustes quebradizos de las ramas azules
ahogadas por la arena,
mientras los ojos se sumergen
bajo la hora glacial de las auroras,
la ciudad despierta ese brusco ademán
de prisas, solitario,
anudado a la luz de las aceras,
a las tazas de café donde se enrola,
vestida todavía de pijamas.
Al tiempo que sacudo el cigarrillo,
bajo el humo ceniciento de las nubes,
se extiende de improviso por mis piernas
el sabor nostálgico
a reposo de sillón y zapatillas,
el vado permanente de tus ojos
donde aparco los quilómetros del día,
la tristeza inútil de las ruedas
que me llevan por el plano
asfaltado y contingente de la vida.
Sobre los zapatos obedientes, laborales,
donde el cuerpo traza
el urbano callejón que le incomoda,
que se aviene a la punta de los pies
como una piedra,
dejo atrás lo que era el mundo a cada paso,
lo que pierdo de mi vida en cada gesto,
y gano espacio, poco a poco, a la mañana.






