El recetario
De repente, una triste tarde, por esas cosas de la vida, Antolina murió con el plumero en la mano, mientras limpiaba el polvo de una enorme damajuana decorada artesanalmente, herencia de su bisabuela. Lauro se encontró solo de golpe y sin saber otra cosa de la supervivencia cotidiana que lo que se decía en los libros de texto, que no era ni mucho ni demasiado explícito. Es verdad, impartía clases didácticamente impecables y concienzudamente programadas, amén de ser considerado una autoridad en ecosistemas de charca, según una reciente editorial publicada en el semanario local del pueblo. Sin embargo, en el desempeño práctico era un auténtico desastre. Baste considerar que, desde niño, desde que existían las tiendas de ultramarinos, no había pisado mercado de abastos ni establecimiento cualquiera, público o privado, sanitario o lúdico, que no fuese una biblioteca; a veces, una librería.
Ya el primer día de viudedad, descubrió que el manejo de la lavadora, el calentador de agua, la plancha y la cocina encerraban un misterio impenetrable para él. Poco después, al desconsuelo por la pérdida de Antolina, se sumó la preocupación por resolver el problema de cómo mantener aseada la ropa y la vivienda, cómo nutrirse de otros manjares que de fiambres y latas de conserva y cómo tramitar y organizar ese ingente papeleo burocrático que conlleva vivir en el planeta Tierra. Desesperado, hubo de recabar la ayuda de una señora del pueblo, a la que pagaba por horas, pero no le satisfacía su trabajo, pues todo lo hacía atropelladamente, agobiada y con complejo de culpa por haber dejado a su suegra, aquejada de demencia senil, al cuidado de su marido. Sobre todo, no le gustaba cómo cocinaba. Echaba de menos la mano diestra y cariñosa de su Antolina.
Decidió que no podría soportar mucho tiempo más los guisos infames de doña Clara y se animó a encontrar un buen manual de instrucciones. Lo de cocinar tenía que ser como manipular el televisor, el vídeo o el equipo informático. Lo primero que hizo fue encaminarse a la única librería del pueblo, una centenaria barraca, ahora remodelada, que conservaba en sus vitrinas antiguos tebeos y viejos libros procedentes de los desahucios del tiempo y de la muerte, a los que tampoco los habitantes de esta localidad, al igual que los de cualquier otro tiempo o lugar, pudieron sustraerse. Compró la moderna edición de un vademécum de cocina y un librote maltrecho y descatalogado que descubrió al fondo de la caseta con un título en letras góticas que rezaba: “Recetas mágicas” y que le llamó la atención.
Cuando volvió a casa, buscó el apartado de arroces con la intención de preparar un sabroso arroz a la cubana (uno de sus platos preferidos), pero la lectura de la primera frase del tutorial le dejó desolado: “Primero vierte algo de aceite en un recipiente hasta que esté bien caliente… “. ¿Cuántos centímetros cúbicos son “algo” de aceite y a cuantos grados de temperatura equivale la expresión “bien caliente”? Era obvio que el sistema de pesos y medidas de las recetas de cocina era radicalmente diferente al sistema métrico decimal y que las amas de casa y los cocineros y cocineras eran los únicos expertos en entender ese lenguaje misterioso, parecido al de la alquimia o al de los conjuros y pociones maravillosas. Lauro sostuvo el libro un poco más y lo hojeó con desesperanza. Entonces recordó el recetario antiguo que había adquirido. Faltaban las primeras páginas, de modo que, aunque era evidente su ancianidad, resultaba difícil averiguar la fecha de edición. Consistía en un tratado de antiguas recetas mágicas para mejorar la vida, divididas en tres secciones: salud dinero y amor, como aquella canción de “Los Stop”.
Una de esas fórmulas pretendía, por cada vez que se ejecutara, restituir a la vida al ser amado durante un período de siete jornadas.
«RECETA PARA QUE VUELVA EL SER AMADO DE LA MUERTE: Cinco partes de pétalos de prímula, tres partes de pétalos de flor de pascua y una parte de raíz de azalea. Cocer en agua bendita tres horas a fuego lento y escurrir. Secar en una vasija de cristal con una foto del ser amado. Después, recitar el siguiente conjuro…» y proseguía durante tres páginas más, escritas en latín. Sólo eso. Lauro palideció, al tiempo que le brillaron extrañamente los ojos, como le ocurría justo antes de escribir un artículo para la gacetilla municipal. Bajó al sótano, subió a la furgoneta de Antolina y condujo el vehículo a la floristería, a tres calles de distancia. Allí, acomodadas en sendas macetas y desplegando su hermosa floración invernal, recogió las plantas que necesitaba. Después, regresó a casa. A la mañana siguiente nadie le vio santiguarse, muy temprano, junto a la pila de agua bendita de la iglesia parroquial.
Con los ingredientes necesarios reunidos, Lauro despidió a doña Clara. De forma metódica, durante aquella tarde, siguió los procedimientos del recetario mágico y a las doce en punto de la noche, Antolina se mostró en el salón de casa con apariencia carnal, pero desconcertada. El primer impulso de Lauro fue abrazarla. Sin embargo, al tocar el espacio que parecía ocupar el cuerpo de Antolina, éste le franqueó el paso sin oponer resistencia, al mismo tiempo que sentía en su piel la consistencia de una cortina de agua que no mojaba. El fantasma de Antolina vaciló sobre su vertical y colisionó con una silla a la que desplazó ligeramente. Por alguna razón difícil de explicar, la Antolina rediviva podía mover objetos, pero era inmune a los apretones carnales.
Sin recuperarse aún de la sorpresa, Antolina tomó asiento mientras Lauro le explicaba con detalle cómo había conseguido su regreso. A eso de las tres de la mañana, Lauro se atrevió por fin a pedirle lo que más deseaba en el mundo. Antolina, como sacudida por un resorte, se irguió sobre el asiento y preparó sin dilación un sabroso arroz a la cubana. Cada vez que Lauro le solicitaba una tarea, Antolina parecía empujada y arrastrada por una voluntad ajena y más poderosa que la propia.
Durante los días sucesivos, la vivienda de Lauro recobró su olvidado esplendor, provocando el asombro y murmuración de los vecinos.
Al cabo de siete noches, Lauro repitió el conjuro y Antolina se presentó de nuevo, tan diligente como cabía esperar. Pero durante la mañana que cumplía su segunda semana de resurrección, el ex viudo la sorprendió haciendo desaparecer su cepillo de dientes. Ella confesó avergonzada que echaba de menos su vida anterior y que estaba aprendiendo a transponer al otro mundo, mediante telequinesia, algunos objetos personales a los que guardaba un enorme cariño. Enternecido, Lauro intentó abrazarla infructuosamente y, con los ojos bañados en lágrimas, le suplicó que le sirviese la cena en el despacho.
Al día siguiente, deshecho el conjuro, cuando el hombre preparaba los componentes para invocar a su amada, echó de menos un elemento fundamental. Lauro buscó el libro por todos los rincones de la casa, concienzuda pero inútilmente. No había duda: el recetario, como por arte de magia, se había desvanecido.
Francisco Ayudarte Granados (Motril, octubre de dos mil ocho)







LEÍDO POR SEGUNDA VEZ. MUY GRACIOSO. TRISTE SINO VOLVER A A VIDA PARA GUISAR...
ResponderEliminarANTOLINA CUENTA CON MIS SIMPATÍAS, DE LAURO... NO SABÍA QUE DECIR.