En lugar de frío
En otra ocasión, el día que se casó mi hermana, mi cuñado se dio cuenta de que faltaban tornillos para apretar la cama de matrimonio que estaban montando y marchó a la fragua de Juan a por ellos. Tardó tanto que un hermano mío salió a buscarlo y lo encontró sentado en un poyo de piedra, con los ojos perdidos en el infinito.
—¡"Ozé", qué te pasa! —le tuvo que gritar hasta cinco veces.
—No sé, no sé que me pasa —pudo murmurar al fin—. Sólo sé que unas voces me han dicho "siéntate" y aquí estoy sin atreverme a mover una pestaña.
Una vez a este hermano que he dicho antes, le levantaron los pies y le hicieron rodar dentro de la casa. Venía de la taberna y se quedó dormido con los pies fuera de la puerta de entrada. La casa estaba en medio del camino que, según se decía, recorrían las ánimas benditas del cementerio a la iglesia.
No sé si estas historias son verdad. Se recuerdan en familia y por eso me las creo. Pero a mí me dan pánico las cosas de los difuntos. Cuando era niña, en el velatorio de un familiar, mi tío Enrique, para que se me quitara el susto, me cogió por detrás de la cabeza y me inclinó hasta que mi boca tocó los pies de la abuela. Un escalofrío recorrió mi cuerpo desde la espalda hasta la nuca. Sus pies estaban helados como el granizo.
Desde entonces, cada vez que cambia el tiempo, si un escalofrío me estremece, en lugar de frío me da miedo.







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