EL ENROQUE
No había mucho que decir. La televisión de fondo, el zumbido de un viejo ventilador. El enroque les parecía un rocanrol acrobático y silencioso en medio del desorden del salón.
«¿Y qué pasa después?», preguntó el niño. José Luis miró las piezas, luego a su hijo, y después a la puerta cerrada al final del pasillo. «Nada», respondió, «solo cambias de lugar, eso es todo». El niño asintió, moviendo un peón.
El juego continuó, entre sorbos de cerveza y movimientos torpes. Afuera, el cielo se oscurecía. En la casa, las sombras crecían, cubriendo el tablero, los rostros, los recuerdos de un tiempo mejor. El enroque, pensó José Luis, es solo un movimiento más en un juego que nadie gana realmente. Y siguió jugando.






