5. Y, después de todo, ¿quién era Antonio?: ¿el niño que nació en Órgiva?, ¿el chico que jugaba a balonmano en el Instituto de Arriba en Motril?, ¿el estudiante de Aparejadores en Granada?, ¿el maestro de EGB?, ¿el de Primaria?, ¿el educador de adultos?, ¿el marido de María Victoria?, ¿el hijo de Ángeles?, ¿el padre de Antonio Luis y María?, ¿el compadre de Paco Mesa?, ¿mi amigo o tu amigo?
"¡Es que Antonio tenía para todo el mundo!", comentaba una triste madrugada su amigo Emilio Fernández Gálvez, después de acomodarse las gafas y abarcar el aire que pudieron contener su brazos en un gesto que parecía resumir la admiración y el reconocimiento de un hecho difícil de creer. Y era así: Antonio sabía estar con el de arriba y el de abajo, con el chico y con el grande, con el derecho y el izquierdo, en un restaurante de cinco tenedores y en un mesón frente a un plato alpujarreño (aunque, como buen güevero", sabemos sus preferencias). No era hombre camaleónico, sino tolerante; creía en las personas más que en sus ideas; hablaba con todos los que le escuchaban y escuchaba a quienes le hablaban; estaba a gusto con la gente; amaba enseñar y enseñaba para que le quisieran; se hacía respetar y estimar por sus alumnos (admirar y amar son verbos más justos) y él correspondía con la misma moneda; sufría (esa es la palabra exacta) sintiendo las preocupaciones y enfermedades de innumerables personas amigas, porque amigos fueron muchos de sus alumnos y compañeros a los que acompañó y visitó en esos momentos difíciles; pero también ha llorado como una Magdalena, recordaba Flori, a lágrima viva, esta vez de risa, mientras contaba o escuchaba una anécdota, una ocurrencia o un chiste, que el tunante sabía contarlos con gracia, al tiempo que se le empañaban los cristales de las gafas y los limpiaba con el pañuelo, mientras trataba de abrir los ojos sin conseguirlo y perdía la voz y su cara redonda parecía un pan moreno incapaz de contener el jolgorio que le crecía por dentro como levadura que se hinchaba y expandía.
De modo que, repito, ¿quién era Antonio?: ¿el alma de la peña "Vive y Deja Vivir"?, ¿el motor de un Grupo de Trabajo sobre Medio Ambiente en el Centro de Profesorado de Motril?, ¿el animador de su Club de Senderismo?...
¿Quién sabe lo que respondería Antonio? Pero sí recuerdo lo que aseguraba Juan Nicolás Navarro, o José Domínguez López o Emilio Fernández Gálvez o quizá alguno más: "Antonio es el pegamento de todos nosotros, que somos tan distintos; él sabe mantener unido al grupo: nos conoce, sabe mediar y convencer, dar a cada uno lo que necesita".
Es muy difícil parecerse a Antonio, que no supo ser sectario nunca, y sin embargo, muy fácil despegar lo que él pegó con el mismo cariño con que adhería aquellos recortes de papel, de orígenes variopintos y opiniones contradictorias, con los que confeccionó los primeros materiales para sus alumnos con la finalidad de que aprendieran a convivir y a pensar. Si se nos olvidaron todas sus lecciones, ésta deberíamos recordarla siempre.