Charo, la presentadora del programa musical, sentada en el sillón y alejada un metro y medio del sofá, sonreía al parecer feliz con la presencia en el plató de una invitada tan interesante.
La cantautora, a un plano general de distancia y guitarra en mano, era una joven apenas veinteañera que interpretaba en directo dulces, adolescentes y anodinas canciones de amor y desamor, con una impecable y angelical ejecución instrumental y de voz.
Sin embargo, un primer plano inevitable e importuno del realizador mostró a la virginal artista con un hermoso cabello rubio pero digno del mejor endecasílabo de un Garcilaso de bote y unas bellas pero experimentadas arrugas en las comisuras de los labios que el maquillaje no había sabido enterrar del todo.
—Dejaste de dar clases de educación infantil y te dedicaste a cantar. Ahora recibes aplausos en los escenarios de todo el mundo, te alojas en los más lujosos hoteles (incluso te han invitado a pasar varios días en el hotel Burj El Arab, de siete estrellas) y tu facebook recibe cientos de miles de visitas. ¿Echas de menos tu actividad como maestra?, ¿te gustaba enseñar a los niños de cinco y seis años y despertarles el amor a la música?
—Fue... fue una experiencia maravillosa. Le tengo mucho respeto a la profesión docente. Estar con treinta diablillos saltando y chillando en derredor y saber... saber apaciguarlos, con paciencia y sin gritos, eso sí, no es fácil; es admirable. Además yo lo pasaba muy bien... Imagínate, preparar la función de Navidad ensayando una y mil veces era maravilloso y agotador... como esos vídeos que ponen en la tele: niños graciosísimos que tropiezan y se equivocan al dar una nota o se pegan como salvajes pero sin hacerse daño en medio de la actuación; a veces se tiraban del pelo en broma hasta las madres...
Aquí hizo una pausa, evitó mirar de frente a la cámara y a la entrevistadora y hubiese podido mojarse oportunamente la boca con el refresco de pega que contenía el botellín que los de publicidad y atrezzo habían dejado sobre la mesa con la marca bien visible, pero, claro, no pudo. Sin despegar apenas los labios que la saliva había sellado y con voz pastosa y ronca, todavía atinó a articular con una alegre sonrisa de bote y tono algo angustiado:
—En fin, ¿qué te puedo decir? ¿Que si me gustaban mucho los niños? Pues claro... ¡Me volvían loca!