Francisco C. Ayudarte Granados

Motril (Granada), 1958

Autor de más de treinta libros de poesía, cuento y edición literaria, y de la novela histórica El testimonio del silencio. Primer premio en el Concurso de Cuentos Gabriel Aresti de Bilbao (2026).

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"Rosas del desierto" (2023), de Ana Constán

Rosas del desierto (2023),  de Ana Constán.

 

La editorial Alhulia ha publicado Rosas del desierto, escrito por Ana Constán, hermoso, sugerente y épico poemario sobre mujeres relevantes de todos los continentes, la mayor parte de ellas nacidas en el siglo XX, algunas muy conocidas por su trayectoria personal vinculada a la literatura o a la música, y otras, menos famosas, relacionadas con la defensa de los derechos de la mujer o de sus comunidades. 

Reproducimos a continuación el prólogo de este magnifico libro de versos: 

 

Obra de madurez artística, Rosas del desierto constituye la tercera entrega poética de la autora, tras Sombra de un tiempo (2012), de temática amorosa, y Alambradas (2017), emotivo manifiesto de solidaridad con las personas migrantes, poemarios ambos de gran calidad y cuidadosamente elaborados. 

Rosas del desierto, de Ana Constán, configura, en primer lugar, un libro de poemas de carácter épico, inspirado en el paradigma vital de algunas mujeres relevantes y representativas, procedentes de diferentes lugares del mundo, que destacan por su aportación significativa en el ámbito de las artes o por su activismo comprometido contra la desigualdad de género. 

Con una espléndida portada de la genial acuarelista Mar Aragón, amiga de la infancia de Ana Constán, cada una de las diecisiete composiciones poéticas que lo conforman, van acompañadas de una ilustración de la pintora, a la que se adjunta además una breve sinopsis biográfica de las mujeres homenajeadas. En cierto modo, Rosas del desierto podría considerarse un poemario ilustrado o iluminado en donde el texto es complementado con la adición de notas biográficas e ilustraciones, siguiendo cierta y remotamente la estela formal —aunque no temática—, de aquellos antiguos manuscritos iluminados. Se trata, en efecto, de un poemario anotado e ilustrado, pero totalmente contemporáneo. Anotado, porque lo completa un grupo de breves apuntes biográficos recopilados por la misma poeta, relativos a las protagonistas; ilustrado, porque le escolta en amistosa y formidable compañía un conjunto de diecisiete ilustraciones extraídas de las acuarelas ejecutadas por la pintora, cuyo talento procede —al mismo tiempo— de la inspiración y la autodisciplina.

No es la primera vez que Mar Aragón colabora con Ana Constán o ha ejercido de ilustradora de libros y aportado su estro —sujeto por las riendas de oro de la técnica— a la portada de diferentes publicaciones. En estas acuarelas apaisadas y verticales, realizadas en pequeño formato (menos de 50 cm.), Mar Aragón representa a las actantes del poemario con su verdadero rostro, en actitudes y gestos compatibles con sus historias, tanto si las conocíamos anteriormente o a través de la lectura previa de los poemas y de las aclaraciones biográficas. Las heroínas aparecen aquí rodeadas de objetos igualmente significativos y simbólicos. Se trata de pinturas en donde el color, en triunfal minoría —«sobre todo el rojo», señala Mar—, se combina en intenso contraste con los tonos blancos y  negros que predominan en el espacio del papel. Se diría que ese rojo, símbolo de la energía vital y visceral, estalla y grita en una mancha de afirmación personal y de existencia, mientras el negro, en su particular singularidad, se extiende por el espacio del papel en un bigbang de matices que va dando a luz toda la materia y energía que cubre y desprende al mismo tiempo la acuarela. En definitiva unas bellísimas ilustraciones que realzan el alto valor per se de este libro, considerado también, aisladamente, como puro volumen: objeto  material y artístico, amorosamente diseñado por Ana y Mar,  Mar y Ana, que, como Midas —esta vez afortunado—, convierten felizmente en belleza y arte todo cuanto tocan.

Rosas del desierto propone un canto en verso, complementado por epígrafes en prosa en que la autora celebra las acciones heroicas de otras mujeres y lamenta las injusticias de que son objeto, mediante un estilo conmovido, grave y solemne y un lenguaje sensitivo, figurado y simbólico. Todo ello agrega al conjunto un viso de ditirambo clásico y denota al mismo tiempo la solidaridad o mejor dicho «sororidad» en que se enmarca el contenido. 

Los poemas suelen seguir un esquema argumental dramático-trágico semejante: la heroína, tras sufrir o denunciar el maltrato de la sociedad patriarcal, se rebela contra la injusticia y, en su esperanza de cambio, o se convierte en víctima o/y consigue avanzar esforzada y sacrificadamente en el camino hacia la igualdad y la libertad. 

Esta repetición rítmica o regular del argumento se ve amplificada por el empleo constante del verso libre endecasílabo y del alejandrino, dentro de una estructura formal creada ad hoc para este poemario y a la que no me atrevería a poner nombre pero sí a considerarla como un original poema estrófico acuñado por la autora. Debido además a la reiteración de esquemas argumentales y formales este volumen se convierte asimismo en una suerte de caja musical o cancionero novedoso, semejante a estancias contemporáneas en verso libre. 

¿Se podría englobar el presente poemario dentro del paradigma de la denominada poesía feminista, en el ámbito de la poesía social o ideológica? Obviamente sí, de la misma forma que podríamos considerar estos poemas como representativos de la poesía moral, ética o de la poesía épico-lírica, como hemos decidido anteriormente. Comparto el criterio general de que un texto poético, como Rosas del desierto, contiene «poesía» o «poeticidad», antes de nada, y a continuación ya puede soportar sin esfuerzo cualquier etiqueta o subgénero que se le endose, siempre que se justifique razonadamente. 

El tema o los temas principales de Rosas del desierto, como se deduce de lo anteriormente escrito, no son otros que el del maltrato o violencia de género y el de la libertad e igualdad entre mujeres y hombres. Dicha libertad se practica mediante derechos concretos. Estos últimos constituyen a su vez la materia de la que se componen los temas secundarios o subtemas del presente volumen. Así, a cada binomio verso/prosa le podemos atribuir un reverso temático de abusos y lacras, cuyas víctimas preferentes son las mujeres, frente a un anverso opuesto de derechos inaplazables. Entre estos, referidos por los subtemas, destacamos el derecho a la educación (En el valle de Swat) y a la libertad, la identidad sexual o la integridad personal de las mujeres: Pies de loto, Chamán de los deseos, El barrio rojo, La sorpresa del trigo, Y pido tu regreso, Labios talados, Una violeta azul, Frente al Kilimanjaro, Yo no elegí la noche... Sin embargo, para las adalides seleccionadas por Ana Constán, la libertad e igualdad de las féminas no sería posible sin el derecho a la identidad, a la libertad e igualdad de todas las personas, dentro de sus comunidades humanas, sin distinción de clase o género. Estos son precisamente los subtemas que desarrollan las composiciones Una palabra, Mujer árbol, Donde rompen las olas, Marielle o Para soñar con vos. 

La última pieza lírica que da título al libro, Rosas del desierto (A todas ellas), entona un canto épico-lírico de alabanza e invocación, con tintes elegíacos y de plegaria, que la poeta (transfigurada en juglaresa, barda y aeda) dirige a las paladinas protagonistas del volumen. 

Precedido por sendas citas de los poetas Francisco Brines (creador elegíaco, intimista y vital, perteneciente a la generación de los años 50, flamante Premio Cervantes 2020 en el momento de escribir estas líneas), del coterráneo y destacado vate Nicolás Rodríguez Martín y de la brillante poeta cordobesa, de límpida voz femenina, Juana Castro, Rosas del desierto se estructura en diecisiete partes compuestas, cada una de ellas, por una ilustración, un poema y una nota biográfica (excepto la última, conformada por la imagen y el poema). 

Cada una de las diecisiete composiciones del libro concierne a una o varias de las heroínas seleccionadas por la autora y pone de relieve alguno o varios de los subtemas mencionados. Por ejemplo, en el poema decimoséptimo, brindado “A todas ellas”, se muestra claramente el tema principal: la creadora denosta el maltrato hacia el género femenino y vindica la libertad e igualdad entre mujeres y hombres. 

Rosas del desierto se articula, pues, en tanto poemario, alrededor de diecisiete poemas de estructura original acuñada por la poeta y forjada sobre el verso suelto, endecasílabo y alejandrino de tradición italiana, es decir, sustentada en el prestigio de los versos dispuestos en un número impar de sílabas, que fueron introducidos inicialmente en España por el poeta Juan Boscán durante el Renacimiento. 

Este original poema estrófico en verso libre aportado por Ana Constán presenta cinco estrofas. La estructura de las cuatro primeras se repite e incluye cinco versos endecasílabos y alejandrinos, mientras la última se entrega en un dístico de once y catorce sílabas, respectivamente, que cierra la composición. El verso alejandrino de cada quinteto se coloca siempre en segundo lugar, y los endecasílabos ocupan las demás posiciones. En consecuencia, el esquema métrico-silábico de las cuatro primeras estrofas queda así: 11,14,11,11,11, en tanto el dístico de la quinta estrofa se compone de un verso de 11 sílabas y otro de 14. 

Los poemas de Rosas del desierto se cierran mediante un dístico, forma tradicional de las sentencias, moralejas o refranes, y también de muchos sonetos. Se trata de uno de los recursos preferidos del poeta Joan Margarit, partidario de concluir visiblemente el poema como quien completa un edificio. Los dísticos de Ana Constán rematan con igual contundencia sus composiciones que finalizan con la muerte o su presagio, la esperanza o la invocación, el desafío o la conquista. 

Cada estrofa entregada por la poeta, ofrece dos o tres enunciados o cláusulas y se cierra independientemente como cinco habitaciones de una vivienda. Estas estancias, naturalmente, no se organizan en compartimentos estancos. Todo lo contrario, conducen a la siguiente sala estrofa por el claro pasillo del renglón o espacio en blanco. Como prueba de ello, tomemos casi al azar esta estrofa del poema Pies de loto:

La quietud milenaria del estanque
recoge el suave vuelo de mariposas rojas
como sombras aladas de misterio.
En el antiguo altar de mis ancestros
quemo incienso en honor a su memoria.

Ana Constán gusta de emplear el encabalgamiento, lo que hace variar el ritmo del poema y rompe la sensación de monotonía que a veces produce la coincidencia de la prosodia de la sintaxis con la del verso. Entre los muchos ejemplos que podríamos tomar, apuntamos este encabalgamiento abrupto de Donde rompen las olas: «siembra de noche y niebla el cielo ensangrentado / de la Pampa. Un instante, más allá (...)» y este suave de La sorpresa del trigo: «Siempre con paso firme. Tu presencia / es el impulso fiel de un deseo valiente».

Destaca en la estructura formal de cada poema la inventiva y la armoniosa composición o musicalidad que solo se consigue con un notable esfuerzo y destreza técnica. El discurso poético de Rosas del desierto transcurre sin prisa a lo largo de la emoción desgranada en tiempo presente y lineal, ese tiempo en el que se desenvuelven las escenas de los dramas en el teatro o las de las cintas cinematográficas. En efecto, la narradora épico–lírica desarrolla la composición en orden habitualmente en presente de indicativo (en tiempo real). Rara vez emplea el subjuntivo (tiempo verbal en el que deseamos y soñamos), aunque a veces (como en Mujer árbol, Yo no elegí la noche o Chamán de los deseos), el escrito comienza en pretérito, a manera de presentación, generalmente breve, de la protagonista y progresa y concluye en tiempo presente. 

La voz de los personajes que la poeta interpone entre ella y el lector/a se formula en primera, segunda o tercera persona y se asemeja a una voz teatral, dirigida de forma deliberada tanto a un público virtualmente asistente en una plaza, frente a un escenario o sentado en la intimidad de una butaca. 

Para la protagonista, distinta en cada poema, la autora selecciona la voz que le conviene. Se podría convenir, desde un punto de vista dramático, que el diálogo planteado por las voces que hablan en las composiciones estriba las más de las veces en un monólogo (no un soliloquio) dirigido a los lectores/as u oyentes, que se produce en primera, segunda o tercera persona. Cuando el monólogo dirigido al lector/oyente se realiza en primera persona, esa voz coincide con la de la narradora/protagonista. Así ocurre en Mujer árbol, Pies de loto, Yo no elegí la noche y Labios talados. En los poemas escritos en segunda persona (Una palabra, Donde rompen las olas, La sorpresa del trigo, Una violeta azul, Y pido tu regreso, Hay algo en ti, Para soñar con vos y Rosas del desierto), la narradora/testigo retrata, evoca o invoca a la heroína, se trata también de un monólogo pero dispuesto en forma de diálogo imaginario. Sin embargo, por precisar la mirada y la voz de Una violeta azul y de Para soñar con vos, pudiera ser que la narradora del primer título represente a la protagonista dedicataria que declara su amor a otra mujer y en la del segundo, la voz de Violeta Parra dialogue imaginariamente con la cantante Mercedes Sosa. Con predominio de la tercera persona se presentan En el valle de Swat y Frente al Kilimanjaro. En Chamán de los deseos y Marielle la tercera persona alterna con la segunda y en El barrio rojo con la primera. En estas piezas la narradora omnisciente interpreta el papel de una juglaresa o romancera que despliega en verso lo que ha leído, le han relatado o ha visto. 

Ana Constán emplea con suma destreza las figuras literarias. Por medio de la metáfora, la comparación, la personificación, la prosopopeya, la reificación o cosificación, el epíteto, y toda una representativa muestra de figuras de repetición: anáforas, anadiplosis, epanadiplosis reduplicaciones, enumeraciones, paralelismos… logra una gran riqueza expresiva y la cadencia rítmica que necesita. 

Por razones obvias que limitan la extensión de un texto de esta naturaleza, no podemos incluir sino una breve muestra de las figuras literarias o recursos que la autora exhibe en algunos de sus poemas. Aunque algunas de estas figuras pueden darse al mismo tiempo, prestaremos, en general, atención a una sola en cada caso por razones de claridad. 

En el valle de Swat, por ejemplo, despliega personificaciones y prosopopeyas de objetos y seres que se humanizan o animan para significar rebelión, maltrato o deseo de libertad: «campanas insumisas», «la luna vierte un aullido maltrecho...», «las calles se repliegan asustadas», «flores… que rugen», «lápices alados que huyen de los cuervos»… 

A lo largo del poemario, Ana Constán utiliza tanto metáforas simples constituidas por una sola palabra como metáforas compuestas por varios términos imaginarios. Esto posibilita que la imaginación del lector juegue a descubrir los términos reales entre varios candidatos posibles. En bastantes ocasiones, los términos imaginarios de las metáforas representan emociones complejas a las que tal vez solo el lenguaje poético puede aludir. En la metáfora «miradas de fondos abisales que sonríen» (En el valle de Swat) dichos términos podrían traducirse quizá como «una mirada de profunda tristeza pero que guarda un fondo de esperanza». De esta misma composición extraemos también algunos fragmentos con un solo término imaginario (no necesariamente más sencillos): «niñas de agua», «firmes papiros de esperanza», «flores de acero»… 

En Marielle, por su parte, destacamos el uso de epítetos, lo que nos lleva a comparar este recurso con los epítetos homéricos y sus funciones. Para Homero, Aquiles es el de «los pies ligeros» y Atenea «la de los ojos garzos». Al igual que en las epopeyas homéricas, los epítetos de Ana Constán tienen como objeto caracterizar a la heroína: «Marielle, caudal de brillo en la mirada», «La que tiñe de rosas el asfalto», «Marielle, la negra flor que sobrevuela…», «la que danza cargada de preguntas», «Marielle, ese ramaje suspendido»... Pero este recurso cumple además otra función: constituye un fragmento de estructura gramatical paralela, repetitiva, que contribuye al ritmo y a la eufonía del poema. 

En Marielle se utiliza además la reduplicación, que consiste en repetir una palabra o varias en la misma oración: «Marielle, Marielle, la muerte te conoce» y «Marielle, Marielle, la muerte nunca duerme». Difícil evitar que no acuda a la memoria el comienzo del conocido romance anónimo: «Abenámar, Abenámar, / moro de la morería» (Anónimo, Abenámar y el rey don Juan). 

La repetición de una o varias palabras al principio de un verso, las anáforas, se suceden en muchos fragmentos de Rosas del desierto, en unión de otros recursos literarios. Así ocurre en Marielle o en Una palabra. 

En los siguientes dos versos de Una palabra descubrimos no solamente anáforas (repetición de una o varias palabras al principio de los versos), sino anadiplosis (repetición de la misma palabra o grupo de palabras al final de un verso y al comienzo del siguiente) y epanadiplosis (reiteración al principio y final de un verso de las mismas palabras).

Una palabra, amor, una palabra.
Una palabra fiel que nos cubra del miedo, 

Mujer árbol comienza con una enumeración que acumula elementos lingüísticos mediante la yuxtaposición y la conjunción:

Llegué a la adolescencia con lo puesto:
una inquieta mirada de río que no cesa,
un colibrí picando en mi cabeza
y un rostro de mujer en el espejo
que me enseñó que el negro es un color.

En el mismo poema encontramos dos muestras de paralelismo en las que Ana Constán repite igual estructura, gracias a lo cual logra la recurrencia rítmica que buscaba:

(...) renace entre junglas de hormigón
como eterno rincón de libertad,
como espejo en el túnel de la vida.

Y en otra estrofa:

Soy esa espesa fronda, donde anida
el sonido del agua y sus oteros,
el temblor de la noche y su universo.

En Chamán de los deseos, dedicado a A Chavela Vargas, la poeta utiliza el americanismo mexicano de «jorongo» (especie de poncho), el más extendido por los países latinoamericanos de «nomás» (solamente) y el adjetivo en desuso «soldadera» (juglaresa, mujer que cantaba y bailaba).

Se trata, a mi juicio, de uno de los poemas más emotivos, que contiene una gran variedad de figuras literarias bien logradas y transparentes: metáforas («Un instante de luna se refugia», «Sus brazos infinitos son fuentes que derraman / un nuevo atardecer de sueños rotos»), comparaciones («por eso se bebió como un trago la vida», «como una caracola de ternura»), prosopopeyas («bajo el callado pliegue de su poncho», «Se estremeció en baladas el jorongo».), epítetos («Chamán de los deseos», «Dama de las cantinas», «Soldadera de lengua libre. Bálsamo / ardiente y piel ungida de recuerdos»)... 

En El barrio rojo destacamos el empleo de la reificación o cosificación, que degrada a los seres humanos transformándolos en cosas y denota la falta de control de las protagonistas sobre sus vidas, despojadas de su propia humanidad: «Los niños, siempre alegres, se derraman / por las estrechas calles embarradas» 

Al estilo de Ana Constán lo caracterizan, entre otros rasgos ya destacados, la sensitividad y la emotividad. Ello implica el empleo de un vocabulario variado, en donde los adjetivos añaden cualidades relacionadas no solo con el campo visual, auditivo, olfativo, gustativo o táctil, sino con el mundo interior de las emociones. Del poema Yo no elegí la noche distinguimos, entre otros, los siguientes: «dudas y temores ancestrales», «impulso contenido», «tibia súplica», «ácido mortal», «dolor estéril», «piel ajena», «macabra cadencia», «discurso brutal», «futuro roto», «callada melodía azul,» «frágil vaso», «humilde vasija», «cálido barro», «duras preguntas»… Algunos adjetivos calificativos relacionados con los diferentes sentidos encontramos en Para soñar con vos, «manos cobrizas»; Labios talados, «fuego callado»; Una violeta azul, «perfumada piel»; Rosas del desierto, «frágil rosa» 

Otra característica del poemario reside en el empleo de palabras o expresiones-clave que aluden a personas de las que tal vez desconocemos su biografía, lugares, vestimentas, hechos… y que requieren algunos conocimientos previos del lector, pero que no dificultan, sin embargo, la comprensión lírica del poema y que, por otra parte, se clarifican en buena medida mediante el texto en prosa que sucede a los versos. Así ocurre con expresiones como «valle de Swat», «dupattas», «Maré», «niños de Beslán», «niña devadasi», «el Cóndor sobrevuela», «Lago del Espejo»... 

Una curiosidad. Las palabras que más veces se repiten en el poemario de Ana Constán son «noche» (15), «piel» (11), «esperanza» (10), «mujer» (10), «palabra» (10) y «hoy» (10). Para mí son las auténticas palabras-fuerza o palabras símbolo, el verdadero núcleo de significados del poemario. Alrededor de ellas se podría desarrollar un análisis semántico de Rosas del desierto. Presento la idea a quien sepa cómo hacerlo. 

Como ya hemos señalado en varias ocasiones, este volumen está constituido de poemas, pero también por ilustraciones y textos en prosa redactados con orden y claridad de ideas, que complementan cada composición con una selección fundamental de hechos biográficos y, en consecuencia, susceptibles también, en alguna medida, de ficción literaria y de cierta mitificación, al igual que ocurriera antaño con los héroes de las canciones de gesta y de los romances épicos medievales. No hay que olvidar que toda vida que se cuenta o se escribe discurre paralela a la real, tiende a mezclar la verdad con el mito y omite o expone a luz determinados hechos previamente seleccionados. Cuanto más se acercan esas líneas paralelas entre sí, más parecida es la narración a lo realmente acontecido. Así, de la misma forma que en los poemas nos dejamos llevar por las imágenes de la versificadora, aquí confiamos en las fuentes utilizadas por la documentalista que sintetizan los hechos vitales de sus dieciesiete rosas. En la actualidad y sobre el papel, los hontanares informativos fiables abundan, a pesar de la inesperada distorsión que ejercen las falsas noticias sobre la opinión de los lectores y espectadores que comparten las mismas redes sociales. Pero, paradójicamente, más que la veracidad biográfica y fehaciente en torno a las heroínas protagonistas (que nadie en su sano juicio se atrevería a poner en duda), importa a la espigadora Ana Constán la fuerza en la creencia y en la vigencia del mito, en este caso del mito de las heroínas. Sus diecisiete mujeres muestran con sus palabras y sobretodo con sus acciones valientes que la consecución de esos valores eternos de libertad y de igualdad (en este caso entre hombres y mujeres), que las mueven a actuar en la forma que actúan, pueden lograrse. Unos valores, por otra parte, por los que los miembros de la especie humana siempre han creído que vale la pena luchar, aunque ello implique el sacrificio de la propia vida. Brilla pues, a pesar de todo, la esperanza al final del camino. 

En resumen, precedidos del título y de los dos primeros versos del poema al que «postceden», los textos en prosa del presente volumen funcionan, en tanto que complementarios, como textos aclarativos, declarativos, divulgativos, justificativos y didácticos. Apoyados en el acervo de lo que se lee y escucha en los medios de comunicación y se lee en los libros biográficos, como antaño en la información oral que traían los viajantes, los arrieros y romanceros, estas notas biográficas funcionan como textos informativos útiles. En efecto, a no ser que hayamos leído o escuchado hablar de la vida alentada y esforzada de las dieciesiete rosas, sin estos apuntes ignoraríamos las razones de peso por las que deben deben inscribir sus nombres en la estela de las/los héroes. Por último, sumamos a las bondades informativas, ejemplares y didácticas de estos textos, la función descifradora de ciertas palabras-símbolo, de expresiones referenciales de tipo geográfico o contextual que, en algunas ocasiones, iluminan y concretan el tema de las composiciones poéticas. 

Por cierto, si después de leer la sinopsis biográfica que acompaña a cada poema lo volvemos a releer, es muy probable que se tenga la sensación de leerlo con toda claridad por primera vez. Invito al lector a pasar por esta experiencia. 

El decimoséptimo texto en prosa dedicado «A todas ellas», es muy significativo porque denota la posición ideológica de la autora al margen (no en contradicción) del «yo lírico», necesariamente ficticio de los poemas. 

En resumen, podríamos decir que Rosas del desierto conforma un volumen encuadrado en el marco de la poesía feminista, social y épico-lírica, organizado en diecisiete partes compuestas cada una de ellas de una ilustración, un poema y una nota biográfica. Está escrito en un estilo conmovido, grave y solemne y emplea un esmerado lenguaje sensitivo, figurado y simbólico. La poeta crea un original poema estrófico en versos sueltos, integrado por endecasílabos y alejandrinos, que reitera como una melodía a lo largo de la obra. 

La narradora prefiere la voz en segunda persona, la de la invocación o el diálogo (aunque este pueda ser ficticio). 

Solo una cosa más. La memoria colectiva de la Humanidad es un prisma con miles de millones de voces y de rostros, Cada ser humano representa a la generalidad de los seres humanos. Sin embargo, la memoria de las víctimas, en cualquier lugar del planeta, detenta, antes que ninguna otra, el derecho moral a ser escrita y recordada. Sería bueno, que los/las poetas hablen algo menos de sí mismos y reivindiquen, por encima de todo, la justicia y la igualdad de todos y todas en sus propios versos.

 

Fº C. A. G.

11 de agosto de 2022.

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