Francisco C. Ayudarte Granados

Motril (Granada), 1958

Autor de más de treinta libros de poesía, cuento y edición literaria, y de la novela histórica El testimonio del silencio. Primer premio en el Concurso de Cuentos Gabriel Aresti de Bilbao (2026).

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El testimonio del silencio
Catalina de Motril, la esclava que guardó el secreto de una reina
Novela histórica · 2025

El «Gran Asunto» de Enrique VIII, su empeño en anular el matrimonio con Catalina de Aragón, contado desde quien nunca tuvo voz: la esclava motrileña que sirvió a la reina y guardó lo que vio.

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Origen irónico de algunas estatuas

El cuentista hondureño-guatemalteco-mexicano Augusto Monterroso destaca el origen irónico de algunas homenajeadoras estatuas que nos contemplan con aire de superioridad desde sus peanas elevadas en avenidas, plazas y cruces de caminos. A continuación, apostillo dos de sus textos vinculados a este tema.

En el cuento La oveja negra y demás fábulas (1969) se describe un país imaginario habitado por ovejas escultoras, en donde las estatuas que esculpen sus lanudos habitantes representan y encomian a las ovejas negras (otrora consideradas rebeldes y corruptoras, hoy héroes y mártires), que aquella  misma sociedad quimérica de artistas ungulados había condenado y asesinado antaño, en un gesto actual e hipócrita de respeto o tal vez de temeroso sacrificio, intentando conjurar y aplacar a los fantasmas mordientes de la expiación y de la culpa.

En el capítulo XXII de su miscelánea Los buscadores de oro (1993), Monterroso nos recuerda que aquella estatua ecuestre, objeto de veneración, ante la que cantaba de niño el día de la patria hondureña, no mostraba en realidad al general heroico Francisco Morazán en cuestión, sino al mariscal francés Ney, pues había sido adquirida en el país galo a precio de saldo («por la vigésima parte de su precio»), con dinero público, por un patriótico funcionario, que se había embolsado la diferencia. Este hecho, sin embargo, no parecía importar demasiado a los celebrantes, que tal vez festejaban y compartían (creo yo) más la inteligencia natural de su compatriota que la entelequia artificial de un trozo de piedra esculpido, por más grande y majestuoso que fuera ni sublime, místico e inefable el símbolo al que se refería.

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