Caminar

A pesar de todo, insisto; los buenos y viejos libros son como el sol: amanecen todos los días para quien se deja bañar por su clara luz.
«Me parecía absurdo y molesto estar sentado a la mesa, bebiendo champán, escuchando discursos que celebraban el despertar de los humildes, la libertad y demás, mientras al mismo tiempo otros siervos con traje negro corrían de una mesa a otra, igualmente esclavos, y fuera, a la intemperie, ateridos de frío, esperaban los cocheros» (I quaderni del dottor Cechov. Appunti di vitae letteratura, Feltrinelli, Milán, 1957, p. 285).
Por el contrario, Henry David Thoreau es un verdadero intelectual, es decir un creyente practicante.
Así lo creía Ghandi (entre otros), quien le cita como modelo insobornable de coherencia, a propósito de su ensayo La desobediencia civil (1849).
Destaco y comparto cuatro de los pensamientos que me han iluminado mientras paseaba, tras la lectura de Caminar:
2. «¿Con quién es mejor tratar? ¿Con quien no sabe nada de un tema y, lo que es enormemente raro, sabe que no sabe nada, o con quien sabe algo del asunto, en efecto, pero cree que lo sabe todo?»
3. «QUIERO decir unas palabras en favor de la Naturaleza, de la libertad total y el estado salvaje, en contraposición a una libertad y una cultura simplemente civiles; considerar al hombre como habitante o parte constitutiva de la Naturaleza, más que como miembro de la sociedad. Desearía hacer una declaración radical, si se me permite el énfasis, porque ya hay suficientes campeones de la civilización; el clérigo, el consejo escolar y cada uno de vosotros os encargaréis de defenderla».
4. «Cuando están curtidas, las pieles de los tigres y los leopardos son semejantes a las de los perros y las ovejas», escribe Thoreau citando a Confucio.






