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| Acuarela de Mar Aragón. |
Los árboles, al fondo, nacen del aire y de la bruma; perfilan despacio sus formas; emergen del pincel imparable del agua; emprenden su propio camino; avanzan hacia nosotros y nos miran de cerca, al tiempo que crecen y se elevan.
Algunos llegan a ser ellos mismos al otro lado de la charca que parece gotear a chorros unas hebras de negrura imposible, fuera del cuadro, junto a los pies de quien mira, deshaciendo de repente la fantasía de la perspectiva; creando la ilusión de penetrar la realidad.
Nada parece moverse apenas. Todo es altura y silencio.
Nadie podrá habitar tu paisaje interior; tu frío vertical y austero, apenas calentado por los ocres de fuego que iluminan tal vez las primeras horas de una mañana exhausta, hasta que observe y pronuncie de nuevo el nombre de los penachos de niebla que se convierten en árboles; de las sombras pardas y lánguidas tumbadas sobre un suelo delgado, desvaído y sin hojas; de los pálidos azules que sobrenadan tu charca; de los verdes íntimos de hierba que asoman como vestigios y ribetes de la nostalgia.
Sólo podrás existir otra vez cuando alguien te contemple con los ojos cristalinos y limpios, penetrantes y desnudos del invierno.