Francisco C. Ayudarte Granados

Motril (Granada), 1958

Autor de más de treinta libros de poesía, cuento y edición literaria, y de la novela histórica El testimonio del silencio. Primer premio en el Concurso de Cuentos Gabriel Aresti de Bilbao (2026).

Ver las obrasSobre el autor

Último libro

Portada de El testimonio del silencio

El testimonio del silencio
Catalina de Motril, la esclava que guardó el secreto de una reina
Novela histórica · 2025

El «Gran Asunto» de Enrique VIII, su empeño en anular el matrimonio con Catalina de Aragón, contado desde quien nunca tuvo voz: la esclava motrileña que sirvió a la reina y guardó lo que vio.

Comprar en Amazon

Próximamente: Memorias de agua. Crónicas de la Acequia Real (Colección Genil, Diputación de Granada, 2026).

Algunos libros

Las 34 obras, con dónde conseguirlas →

Premios recientes

  • 2026 Primer premio, 43.º Concurso de Cuentos Gabriel Aresti (Bilbao)
  • 2026 Primer premio, I Certamen Iberoamericano de Relato Breve «El Vínculo Atlántico» (Santander)
  • 2025 Primer premio, XIII Concurso Internacional de Relato Bruma Negra
  • 2025 Primer premio, Concurso Literario «Ciudad de Alfaro» (La Rioja)

Todos los premios →

Contacto · Cuaderno (archivo del blog)

Un cuento de guerra

Un cuento de guerra


Todo comenzó una tarde calurosa de setiembre del treinta y seis. A Cristóbal, que rondaba entonces cuarenta años, se le ocurrió dejarse caer por la taberna de su paisano Nicolás, que abría sus fauces frente al portón de la fragua, para mojar la palabra con vinos de la tierra. Cristóbal, recién llegado de Albondón, acababa de instalar su forja hacía varios meses en unos bajos, entre las calles Chispas y Ciprés, arrendados a unas pudientes "mocicas viejas". Allí, en las otras piezas de la casa, vivía el herrero con su mujer y su hija, y éstas sólo abandonaban la vivienda el rato imprescindible para hacer la compra con vales del Comité de Barriada, a falta de dinero en metálico. Noventa días atrás, la fiebre de la guerra civil se había adueñado de los vecinos del pueblo. A veces, acaecían graves atropellos o muertes inexcusables que eran denunciadas por las propias autoridades republicanas. Al aguardo de tiempos mejores, en la despensa de la familia de Cristóbal no escasearon nunca el aceite ni el azúcar. A escondidas, el matrimonio prendía la fragua por las noches y forjaba aperos de labranza o rejas para los cortijeros de la comarca a cambio de "amadeos" de plata o "niños sentados". Aquel metal, que la familia precavía en un cofrecillo, era su salvaguarda y aliviaba estrecheces.

Según parece, el día de autos el maestro Cristóbal, después de una noche entera de trabajo, pasó adentro del negocio de Nicolás, abierto por el lado de calle Ciprés. Allí, en el recio mostrador de tablas, esquife en un mar de vino, se apretaban campesinos y milicianos comentando las noticias del día. Nicolás, de carácter amable, estatura mediana, calvo y con los puños arremangados, escanciaba la jarrilla del vino sin parar, como un tosco y ávido Ganímedes.

—Pero, ¿qué hacéis aquí? —preguntó Cristóbal, al reparar en los desocupados milicianos—. ¿No sabéis que han visto haraganeando por los alrededores a un hato de vacas fascistas y hay que fusilarlas?

—¡Tobalico, acércate! —llamó Nicolás, nervioso, sacudiendo una mano y abriéndole una trocha en aquel espeso bosque de ojos y brazos— . Toma, el último de filipinas —y le llenó un vaso—. Se me acabó el vino del pueblo. Y por favor —añadió bajando la voz—, no me comprometas. No abras el belfo para decir tus gracias. Al menos en mi taberna.

Y agregó: "Mañana me voy a Albondón para llenar mis toneles".

—¡Huy —suspiró Cristóbal , desde que no he estado yo en Albondón! Me gustaría ver otra vez todo aquello. La costa no está mal, ya sabes, pero la cabra tira al monte.

—Ah, pues vente. Por la noche salimos. Con la fresca. He alquilado una camioneta. Pero tú habrás de conducir.

—De acuerdo, amigo.

Y Cristóbal, aunque estuvo allí bebiendo un rato todavía, acodado en el sudor de la barra, tuvo muy presente lo que le había dicho Nicolás y no soltó sus habituales sarcasmos.

Una vez en casa, después de cenar frugalmente, se acostó, pero a las cuatro de la madrugada ya estaba en pie. Llenó de agua un barreño y se aseó en el patio. Acto continuo se cubrió con una camisa celeste de las que compraba por medias docenas en "El Blanco y Negro" de Almería, se tomó el café cargado que Ana le había dispuesto y, sobre las cinco, escuchó el ruido de un motor seguido de dos bocinazos. Se apresuró a salir. El cielo estaba agujereado de luces brillantes y el aire, fresco y como recién lavado. Nicolás, tocado con una boina, le hizo sitio frente al volante.

—Paisano, ¡vamos p'al pueblo! —le saludó.

Cristóbal, feliz como un niño, se acomodó en la cabina, y sin decir palabra, condujo el vehículo a través de la población callada y oscura, deslumbrando con los faros de la camioneta aquella paz aparente de las cosas. Las barracas de madera del mercado de San Agustín, merodeadas de perros hambrientos, les vieron pasar en dirección a la carretera. Pronto, dejaron atrás el pueblo. A la derecha, el mar invisible y negro les escoltaba arrullando dulcemente a la calzada al par que charlaban despreocupadamente de sus pillerías de críos en la plaza de la iglesia.

Pasó el tiempo. La camioneta hacía un rato que había dejado el mar a la espalda y se encaramaba por las estribaciones de la sierra de la Contraviesa como un escarabajo negro y polvoriento. Viñedos, campos de hortalizas, higueras, almendros y guindos se agarraban a las fuertes pendientes del secano. Antes de las siete, dejaron a un lado Albuñol. Empezaba clarear. Los primeros labriegos, despaciosos y templados, iban ya con sus bestias al trabajo. Aquí y allá se esparcían, como cubos encalados de un rompecabezas, los blancos cortijos tirados monte abajo por la mano traviesa de un niño. Por fin, Cristóbal veía otra vez Albondón. Escalonado. Casi vertical. De pie, como un hombre que contemplara de lejos el mar.

—Parece que nada ha cambiado, Nicolás.

—Sólo lo parece. Aquí también ha llegado la guerra.

La guerra... A Cristóbal se le había olvidado la guerra...

Ascendieron, cuesta arriba, por las calles estrechas, semejantes a venas empedradas que desembocaban en el corazón de la plaza del Ayuntamiento. En el ensanche de la blanca plaza escoltada de poyetes, bajo la rejería de balcones, pararon la camioneta. Nicolás se encaminó a las bodegas para tratar el precio del vino. Cristóbal se introdujo en la primera tasca abierta. Apenas había saludado al paisanaje, cuando sonaron las detonaciones y los gritos: "¡Arriba España, arriba España! ¡Viva España! ¡Viva Franco!".

Llenos de pánico, algunos parroquianos quisieron escapar por la puerta, pero tropezaron con un muro de balas. Los demás permanecieron quietos, aguardando, trémulos, sin respirar apenas, lo que el destino hubiese escrito para ellos. En una imprevista tregua de silencio, apareció un aldeano que, blanco como el papel y tambaleándose de miedo, se aproximó a la barra. Cuando le salió la voz, farfulló:

—¡Una bandá fascistas! ¡De los que huyeron a Graná! ¡Han entrado en la casa del alcalde! ¡Ponme un vino, por favor!

El tabernero, secándose el sudor de las manos con un trapo, le colmó un vaso mientras se percibían, cada vez más próximas y espaciadas, las descargas de los fusiles. De pronto, irrumpieron cinco hombres armados. Llevaban el uniforme azul de los fascistas. Al menos tres de los asaltantes eran de Albondón. Cristóbal sintió cierto alivio cuando los reconoció, sobre todo a Rafael, un antiguo amigo, casi un hermano para él cuando eran chiquillos.

"¡Al suelo, rojos!", les saludaron, y, sin más cumplimientos, comenzaron a disparar por encima de sus cabezas. Los supuestos rojos se lanzaron a tierra en cuanto empezó el baile. En seguida, los que estaban de pie les cachearon entre puntapiés y culatazos, arrebatándoles todo lo que llevaban encima. "¡No somos rojos, no somos rojos!", voceaban los caídos, asustados como liebres. Sin hacer caso, los ocupantes les pusieron en fila, de espaldas al mostrador, interrogándoles. Cristóbal, desesperado, los llamaba por sus nombres. "¡Juan, Antonio, Pepe, Rafaelillo, que soy yo, Cristóbal, el maestro fragüero! ¿qué vais a hacer conmigo?". Rafael le miró, algo confuso:

—Usted se viene con nosotros a Granada.

—Pero, ¿cómo voy a ir? Tengo a mi familia en Motril. No puedo dejarlos desamparados.

—Usted se viene a Granada. ¡Vamos! —intervino Antonio.

—Pero, ¿por qué me tratáis de usted? ¿Y a qué me lleváis a Granada? ¿Qué tengo que hacer yo en Granada? ¿Es que no me conocéis? Soy Cristóbal. He herrado vuestras bestias, he forjado vuestros arados... ¿Es que no me conocéis?

Antonio, que había sido capataz en el cortijo de R..., le fulminó con la mirada y le apuntó con el fusil:

—Ya no eres tan gallito, ¿verdad, rojo? ¿No te acuerdas cuando pasabas por el Casino dándote aires? ¿no te acuerdas cuando decías a los amos que tú gastabas porque sabías ganarlo, que ellos eran unos vagos que sólo vivían de la herencia y esperaban, debajo de la higuera, que les cayesen los higos?

—Eso eran bromas. Tú me conoces, Rafael me conoce, sabéis que hablo por los codos. Y más si estoy delante de un vaso de vino...

—¡Usted se calla! —le interrumpió el antiguo capataz, golpeándole el pecho con el cañón del fusil.

En ese instante aparecieron dos hombres más previniendo a los que les retenían. "¡No tardarán mucho en dar aviso a Motril y a Almería de que estamos aquí! ¡Hay que largarse!".

—¿A dónde? —preguntó otro soldado al que Cristóbal no conocía.

—A la venta del Tarugo. Esperamos órdenes.

—¿Y qué hacemos con éstos?

—Nos los llevamos. En Granada decidirán.

A trompicones, con las manos sobre la cabeza, bajo el fuego del sol y de las casas incendiadas, los presos fueron cargados en un camión . Al pasar por la plaza desierta del Ayuntamiento en llamas, Cristóbal no quería imaginar cuál habría sido la suerte del pobre Nicolás.

En seguida, transportados por el camión, llegaron a la venta del Tarugo, por encima de Albuñol, ocupada también por los nacionales. Éstos habían tomado a veinte o quizá treinta hombres del pueblo. A todos les agruparon y encerraron en unos establos abandonados, junto al cuerpo principal de la venta. El hueco de la entrada, sin puerta, estaba abierto al campo, a veinte metros escasos de la rambla de Albuñol. Para su vigilancia apostaron a un soldado fuera y, cuando llegó la noche, prendieron dentro un farol de aceite. En la improvisada cárcel, los rehenes hacían cábalas sobre su futuro: unos decían que los llevaban para alistarlos en el ejército nacional, otros que para fusilarlos. El maestro Cristóbal no sabía qué pensar. Sólo sabía que no debía estar allí, que no debió venir. La incertidumbre y la mala fortuna le aplastaban, cabizbajo, mudo, sentado en el suelo, observando su propia sombra caída y negra. Pasaba el tiempo. Cristóbal advirtió el relevo del guardián. Nadie hablaba y casi todos dormían; de cuando en cuando se oía un suspiro o algún sollozo ahogado. Sintió que le asían del brazo. Levantó la cabeza. Era Rafael.

—Mira —le susurró en el oído—, voy a matar la luz del farol. Dentro de diez minutos te vas a marchar. Arrástrate hacia la entrada sin que nadie te vea. Yo estaré fuera.

Sin atreverse a respirar, al cabo de un rato, Cristóbal hizo lo que le dijeron. En cuclillas, junto a la puerta, iluminada su figura por el resplandor de la luna, se hallaba Rafael. Se abrazaron fuertemente. Cristóbal tenía un nudo en la garganta.

—Escucha, Tobalico, vas a coger la Rambla de Albuñol —le conminó Rafael con presteza— y sales a La Rábita. Desde allí podrás orientarte hacia Motril. ¡Rápido, no pierdas tiempo!

—Pero... es que llevo zapatos —le respondió ante la perspectiva de caminar, cuesta abajo, más de veinte kilometros.

Rafael dejó a un lado el fusil Mauser, apoyando la cantonera en tierra. Removió en su morral y descubrió unas alpargatas de lona blanca.

—Quítate los zapatos y ponte éstos —le apremió.

Al descalzarse, mientras se ataba las cintas, Cristóbal vio que extraía de un bolsillo de la camisa azul mahón los papeles que le habían arrebatado en Albondón.

—Toma, Cristóbal. ¡Corre! Y ve con Dios.

Volvieron a abrazarse un instante y, con rapidez, agazapado entre los matojos, alcanzó el borde de la Rambla rodando unos metros por el talud. Luego, próximo a los márgenes del cauce para que nadie lee descubriera, se orientó hacia La Rábita.

Prudentemente, por recelo a la intensa luz de la luna, evitó las calvas del terreno agazapándose entre jaras, bolinas y romeros cuando atravesaba lugares habitados. Así, caminando sobre las piedras, zarpeado por los espinos, despeñado en los desniveles y amedrentado por cualquier ruido se acercaba metro a metro a La Rábita.

Clareaba ya. A pesar del cansancio, del sueño, de los rasguños y de los huesos molidos el abuelo Cristóbal no recordaba un amanecer tan hermoso. De pronto, en un brusco recodo, doscientos metros antes de morir la rambla en delta, los vio. Y lo que fue peor, ellos lo vieron a él. Una veintena de milicianos, parte de un control de carretera, se arracimaban allá abajo a tiro de piedra. Lo malo era que algunos portaban fusiles de repetición, que tienen más alcance, y que a él le flaqueaban las fuerzas y el ánimo para correr. Bajó, pues, con las manos en alto, bien visibles, maldiciendo su mala suerte. Varios de ellos, sin dejar de encañonarle, se adelantaron. Los otros esperaron atrás.

—¿Y usted de dónde viene? —le interpelaron, con desconfianza, observando su triste aspecto.

—Vengo de Albuñol. Para coger el coche de Motril —respondió el desdichado lo primero que se le vino a la mente.

—¿De Albuñol? ¿Con esa pinta? ¿No sabes lo que ha pasado?

Y ante el silencio de nuestro hombre, otro se interesó, apoyando el pie sobre un pedrusco:

—¿Dónde vives?

—En Motril.

—¡Cacheadlo! —ordenó el último que había hablado.

Y en seguida, comenzaron a registrarlo de los pies a la cabeza. No satisfechos del todo, quizá frustrados por no encontrar nada especial, hicieron que se desnudara por completo. Revisaron cuidadosamente su ropa y el que sostenía su camisa rota manoseándola reparó, Dios sabe por qué, en el marbete de la camisa.

—¡La mealla! ¡Mira la mealla! —exclamó el soldado como el que descubre un alacrán bajo una piedra.

—¿La mealla? ¡Pero si no está en el bolsillo! —inquiría sorprendido el tercer hombre.

—En el bolsillo o en el cuello qué más da. Estará camuflá. ¡Este es un fascista! —y lo señalaba furioso con un dedo que, de estar cargado, seguro que le fulminaba.

—¡Pero qué mealla ni qué leches! —soltó Cristóbal desesperado— ¡Ni la cruz de San Andrés, ni el yugo y las flechas! ¡Esta es la imagen de un reloj, la marca del fabricante!

El de la camisa le soltó una tremenda bofetada.

—¡Cállate fascista! ¡Este es un fascista! ¡Este va al barco!

Maquinalmente, Cristóbal volvió los ojos hacia la playa por si advertía la espantosa silueta de aquel barco, de tan triste fama, pero el mar permanecía sereno y solo en mitad de las olas.

Los soldados, tras devolverle la vestimenta o lo que restaba de ella, pasearon a Cristóbal, como un trofeo de caza, entre dos hileras de milicianos, hasta alcanzar la torre cuadrangular de la fortaleza de La Rábita, que se levantaba en la desembocadura de la rambla. Nada más cruzar la puerta de ingreso de la torre, dentro del recinto de piedra bermeja, los captores comenzaron a apalearle sin pérdida de tiempo hasta que, pasados uno o dos minutos angustiosos, los puños que iban a caer de nuevo sobre él se quedaron, de repente, suspensos en el aire.

Embotado como una cosa, igual que una marioneta abandonada a su suerte, con un ojo cerrado y otro semiabierto, Cristóbal adivinó a contraluz una silueta imprevista que cerraba la entrada. En el alivio de aquellos segundos, advirtió desde el suelo unas botas de gruesa suela con cordones, un pantalón polaina abotonado desde la rodilla hasta el pie, el brazalete multicolor de la camisa... Bajo la gorrilla, tumbada sobre la poderosa cabeza, asomaba un rostro cetrino y serio en el que se dibujaba ahora un gesto de reprobación, recalcado por la raya negra de su bigote.

—Mira, camarada —rompió el silencio uno de los torturadores—, aquí tenemos un fascista de Motril. Lo estamos ablandando antes de subirlo al barco.

Cristóbal lloraba como un niño.

—Yo le he visto a usted en el Parque Móvil, ¿verdad? —se dirigió al infeliz herrero el recién llegado.

Sin fuerzas para hablar, Cristóbal asintió con la cabeza.

—A éste me lo llevo yo —decidió el desconocido con determinación—, porque tengo que ajustar con él unas cuentas.

"¿Éste también?", pensó para sí Cristóbal con resignación. "¿Éste también me quiere pegar cuatro tiros?".

El hombre se inclinó y le confió en voz baja: "Me lo voy a llevar a usted para Motril, pero no le voy a hacer nada". Luego insistió en un tono alto, guiñando con disimulo un ojo a los presentes:

—Tengo que hablar con él unas palabras.

"¿Unas palabras? Me va a matar por el camino. Éste me mata", pensaba Cristóbal. Y buscaba inútilmente en su memoria las fechorías que hubiese cometido de palabra, ya que no de obra, en el Parque Móvil de Motril.

El de las botas de suela negra, del que pendía la vida del herrero, solicitó ayuda a los otros para levantarlo del suelo. Entre todos, lo condujeron en peso, sujetándolo por las axilas, ya que no podía tenerse en pie, a una camioneta descubierta que transportaba cántaras de leche. El que le iba a ajustar las cuentas se quitó la gorrilla y le ayudó a sentarse junto a él. Arrancó el vehículo. Envueltos en un raro y embarazoso silencio, los dos hombres llegaron, después de un tiempo, a Motril. Durante el camino, Cristóbal había esperado en vano, maltrecho y asustado como un corderillo, que aquel hombre le diera el tiro de gracia en cualquier momento y arrojara su cuerpo a la cuneta o a un acantilado. No hubo tal. El desconocido se limitó a averiguar en qué calle vivía y después le dejó en la puerta de su casa. Antes de despedirse, el hombre sacudió tristemente la cabeza y le contempló un momento sin decir nada. Luego montó en la camioneta y dobló la esquina de la calle Chispas a toda velocidad.


Francisco Ayudarte Granados
Motril, Mayo 1992

Comentarios

  1. DE LECTURA NO INTERRUMPIBLE ¡DIFICIL TAREA ESCRIBIR ASÍ!
    EL DE PEÓN, ÉSTE... VARIADOS EN TEMA Y MUY BONITOS.
    NO DEJES DE OBSEQUIARNOS Y A VER SI SE ME PEGA ALGO DE INSPIRACIÓN Y BUEN HACER.
    UN ABRAZO.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

«El testimonio del silencio: Catalina de Motril, la esclava que guardó el secreto de una reina» (9 de agosto de 2025) - Una novela de Francisco C. Ayudarte Granados

El caballo de siete colores (1848). Cuento de Juan de Ariza (Motril, 1816 - La Habana, 1876)

La princesa del bien podrá ser (1848). Cuento de Juan de Ariza