EL JUGADOR DE AJEDREZ
Cuando llegué a la pensión en la calle N... alguien me entregó un papel doblado y una tarjeta: "Don Antonio Álvarez de Ojeda tiene el placer de invitarle a una partida de Ajedrez, en su casa a las cuatro y media". Noté la calidad del papel, la letra pulcra y femenina (por lo que deduje que pagaba una secretaria) y, sobre todo, el tono seco y hasta desafiante, me pareció, de la misiva. La tarjeta decía: ANTONIO ÁLVAREZ DE OJEDA, Ingeniero de Minas. Particular: P. ARZ. OBISPO M..., 6. TELF... Me sonreí (recuerdo) al ver el "DE OJEDA", suponiendo que mi desconocido anfitrión era algo presuntuoso. No almorcé, es cierto, pero tampoco estaba nervioso. Caminé, despacio, por las calles menos ruidosas y empezó a llover, igual que hoy. Me puse los guantes. A las cuatro y treinta y dos me detuve frente a la casa del ingeniero. No había timbre, sino dos enormes aldabas. Sostuve la que tiene el angelote desnarigado y di tres golpes. Me abrió la puerta personalmente y, sin más preámbulos, me tendió los dos puños. Yo dije simplemente: "el derecho". Abrió su mano y sobre la mía dejó caer un peón blanco. Me parece que le oí contestar: "está usted de suerte, señor Nigorra". Y con movimientos seguros me hizo subir al primer piso mientras me explicaba que era el día libre de los criados y que su esposa, delicada de los nervios, se hallaba descansando con ayuda de tranquilizantes. Yo le respondí, como si no hubiese entendido, que si prefería él la iniciativa jugase con blancas. "¿No se quita usted los guantes?", se limitó a preguntar. "No, señor Álvarez, hace frío". "Como quiera", replicó. Entramos en su despacho, o eso imagino, empapelado con diplomas (el número uno de su promoción), menciones honoríficas, homenajes, y agobiado de vitrinas con medallas y trofeos de natación, tenis y ajedrez. Si pretendía impresionarme lo había conseguido. "Siéntese", me ordenó. El señor Aguado ha perdido con usted tres partidas consecutivas...". "¿Cómo lo sabe?". "Me lo refirió él. Somos amigos". "Pues es cierto", reconocí; "me habló mucho de usted. Aseguró que le consideraba un jugador de primera fuerza y que yo también lo era, probablemente". Me preguntó si quería beber, le contesté que no. "Empecemos", ordenó , "y no se preocupe, no nos interrumpirán en toda la noche si hace falta". Al tocar las piezas percibí el tremendo prurito del jugador: la victoria. Abrí el juego con el clásico P4R, no quería arriesgarme, tenía que vencer, quería vencer más que nunca. Mi línea de juego estaría basada en la simplificación. El ingeniero de minas me observó decepcionado: "Creí que era usted un especialista en las aperturas del peón de Dama", y jugó P4AD, con lo cual supuse acertadamente que iba a utilizar la Defensa Siciliana con objeto de complicar la partida. Así fue; más tarde jugó P3CR, A2C y O-O. Transcurrieron cinco horas en completo silencio. Él me llevaba ahora un peón de más y había conseguido una pequeña pero duradera ventaja. "Señor Nigorra", empezó a hablar (había descubierto una buena línea de juego y pretendía distraerme), "¿en qué se ocupa usted?". Se lo dije. "Eso no da mucho dinero, ¿verdad?", y, encontrando alguna relación, preguntó: "¿cómo conoció a José Aguado?". Moví T1D y respondí: "Fue en el tren. Él llevaba un ajedrez de bolsillo, y eso fue suficiente para que nos hiciésemos buenos amigos, a pesar de que él es todo un señor y yo casi un vagabundo". "Un profesor sin trabajo no es un vagabundo, señor Nigorra, acaso un abandonado de la fortuna". Me estaba llamando desgraciado muy cortesmente. "¿Y no tiene usted nadie que le ayude?". Negué con la cabeza. "¿Y sus padres?". "Muertos". "¿No tiene usted hermanos?". "Dos. También muertos". "Lo siento, créame... Pero sus hermanos debían ser jóvenes, igual que usted, ¿cómo fallecieron?". "Mi padre y mis hermanos eran mineros. Desaparecieron en el hundimiento de una mina". "¿Dónde fue eso?". Se lo dije, y añadí: "El responsable del accidente fue el ingeniero. Se apedillaba Álvarez, como usted, hubo un juicio y fue absuelto". El ingeniero Álvarez palideció ligeramente, jugó A6T y me di cuenta del error. Hice T7ARj R1AD, TxP TxPj, R1T y comprobó con pesar que la pérdida del Alfil negro era irremediable. La partida, en realidad, había ya terminado. Le acorralé con las Torres, cambié oportunamente la posición del Alfil y a las dos de la madrugada le di jaque mate. Me quedé un poco más para hablar con el señor Álvarez, y quince minutos después abandoné el edificio. Había dejado de llover. Fui directamente a la pensión y desperté al dueño. Me marchaba, tenía que salir de la ciudad, tenía que huir. Mañana, pasado mañana tal vez, se sabría lo de la muerte del señor Álvarez de Ojeda, ingeniero de minas. Presentaba un disparo en la cabeza. Momentos antes de su muerte había estado jugando una partida de ajedrez con un desconocido. Probablemente el asesino.
Francisco Ayudarte Granados
Motril, 1979
Publicado en Revista "Guadalfeo", Núm. 2, Septiembre de 1980
ME HA ENCANTADO. SE LO MANDARÉ A MI HIJO, QUE AUNQUE NO TAN "DETERMINADO" es también jugador de ajedrez.
ResponderSuprimirBUENA HISTORIA PARA UN MAESTRO.